Columnas - Manuel Rivera

¡No estoy solo… no estoy solo!

  • Por: MANUEL RIVERA
  • 04 ENERO 2026
  • COMPARTIR
¡No estoy solo… no estoy solo!

Con la tranquilidad que da la ignorancia, acompañé a mi suegra para despedirse de su hermano, ya cadáver.

Hoy quiero abrir mi cabeza para trapear lo que dentro de mi cerebro quede de las imágenes que nos recibieron.

Cómo quisiera que la marcha desordenada de estas letras obedeciera a una fantasía mal narrada, pero la realidad de la que deseo escapar invade mis ojos y nariz, obligándome a ver lo que no quiero y oler el futuro que también rechazo, pero que finalmente me devorará. Esta experiencia fue verdadera: traspasé el letrero de “estancia geriátrica” y entré a la antesala de la muerte.

Mi esposa se unió al acto solidario con su madre, lo que, para desgracia de mi inconsciente conciencia, permitió separarme de ellas para observar el entorno.

En esta casa de dos pisos ubicada en una colonia de clase media de Monterrey, Nuevo León, entidad federativa en la que es más importante el Mundial fútbol que la dignidad de los adultos mayores, ambas atravesaron la cocina donde conversaba personal joven y ajeno al cuadro de muertos vivientes que estaba en la sala, luego caminaron en un estrecho pasillo hasta encontrar la cama en la que estaban los restos del tardíamente visitado, quien en vida fuera objeto abandonado cuando la hermana con la que vivía consideró que no podía o no quería continuar atendiéndolo.

Inmerso en un aroma similar al de una letrina, recorrí las imágenes de una veintena o más de adultos mayores iluminados por amarillenta luz, en absoluto silencio, ninguno viendo al otro, de cuerpos tan cercanos como lejos de la existencia de la humanidad contigua, unos en sillas de ruedas con la barbilla recargada en el pecho y otros sobre los sillones de una vieja sala como si fueran momias que todavía respiraran.


La angustia provocada por quienes esperaban como objetos en el olvido que la muerte les llamara, tras ser echados a la basura después de ser usados, me inundó. Antes de que tratara de salir a flote esgrimiendo razones morales, mi zozobra fue explicada por el presagio que se manifestaba frente a mí.

Más de siete días han pasado desde que visité la antesala de la parca y sigo viéndome ahí sentado. 

Sin tener éxito para barrer todo vestigio de esta experiencia, leo en el blog del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores acerca del aumento progresivo en la proporción de estos pobladores y la necesidad de acompañar el aumento de la esperanza de vida con una política pública “que permita a mujeres y hombres envejecer con dignidad y en igualdad de condiciones, a lo largo de todo su curso de vida”.

Poco después echo un vistazo a la Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores, en cuyo artículo cuarto veo que los rectores en la observación y aplicación de esta norma integran una lista de excelentes intenciones.

Entre esos rectores de la Ley están la obligación de las instituciones de los tres niveles de gobierno y sectores social y privado para “implementar programas acordes a las diferentes etapas, características y circunstancias de las personas adultas mayores”, así como para brindar “trato justo y proporcional en las condiciones de acceso y disfrute de los satisfactores necesarios para el bienestar de las personas adultas mayores, sin distinción por sexo, situación económica, identidad étnica, fenotipo, credo, religión o cualquier otra circunstancia”.

Confirmo entonces que desear la inmortalidad o al menos la exención de mi estancia en la antesala del fin de la vida, no me deja solo en el mundo de las buenas intenciones.

Agradezco a las políticas públicas, leyes y demagogia sobre la revolución de las conciencias por soñar, junto conmigo, en escapar de la realidad.

riverayasociados@hotmail.com


Continúa leyendo otros autores