Jaime Bonilla: un viejo informante

Existen dos maneras de contar la guerra política que hoy consume a Baja California. Y aunque es posible que ambas sean verdaderas al tiempo, también es cierto que una ha sido más ventilada que la otra.
La primera forma de explicar el atadijo pasa por Marina del Pilar: una visa revocada, conversaciones pilladas hechas públicas y la acusación de la gobernadora de que, detrás de todo aquello, se encuentra su antecesor.
El segundo punto de partida hay que buscarlo veinticinco años atrás, del otro lado de la frontera, cuando Jaime Bonilla -exgobernador de Baja California- grababa conversaciones para el FBI.
Tomaré el camino más largo que nos lleva de vuelta al principio.
El informante
A principios de este siglo, Bonilla presidía el Distrito de Agua de Otay, en el sur de San Diego. En aquella época, en medio de una investigación por posibles actos de corrupción, Los Angeles Times reveló que había trabajado como informante del FBI y grabado conversaciones de manera clandestina. Jaime admitió entonces lo que, tiempo después, el FBI confirmaría: Bonilla era su informante secreto.
Aquel delator -ciudadano estadounidense que asegura haber renunciado a la nacionalidad, aunque después siguió inscribiéndose para ocupar cargos públicos en Estados Unidos- regresaría, con los años, a su viejo método. Ya como gobernador, grabó sin su consentimiento a Olga Sánchez Cordero -entonces secretaria de Gobernación- para impulsar el proyecto político con el que pretendía extender su mandato.
Si es verosímil que Bonilla haya orquestado la trampa contra Marina del Pilar, no seré yo quien lo resuelva. Bastará para ello su biografía. Tengo para mí que Jaime no es muy original en su método y que la opinión pública lo olvidó muy rápido.
De potro a gobernador
La carrera política de Bonilla fue una supersónica impulsada por Andrés Manuel López Obrador.
Aunque el tabasqueño nunca simpatizó con los hombres de negocios, el pragmatismo y el beisbol se impusieron. Bonilla -poderoso empresario de medios en la frontera y antiguo director general de los Potros de Tijuana- ofreció a Obrador lo que necesitaba: exposición mediática en el norte del país. Micrófonos en tiempos de censura. Buena prensa en los tiempos del Peligro para México.
Aquel servicio rindió frutos. Aunque la carrera política de Bonilla nació en el PT -llegó a ser diputado- supo distinguir de qué color venía la ola.
A la una fue senador de la República, aunque no por mucho tiempo. A las dos se convirtió en superdelegado. A las tres ya era candidato a gobernar su Estado.
Las elecciones de 2019 cerraron el círculo. Baja California -el estado donde treinta años antes Ernesto Ruffo había inaugurado la alternancia arrebatándole al PRI la gubernatura- cambió de color. Bonilla sepultó tres décadas de panismo. Arrastrado por el tsunami obradorista, obtuvo más de la mitad de los votos. Su adversario del PAN, apenas la mitad.
Pero había un detallito: el mandato para el que Jaime había sido electo duraría apenas dos años. La ley se había reformado antes para hacer coincidir el calendario de Baja con las elecciones federales intermedias de 2021.
El pormenor encueró a Bonilla: no hay poder bastante para saciar el apetito del ambicioso.
La Ley Bonilla: el perfecto retrato
Azotada la puerta judicial con la que intentó prolongar su mandato, Bonilla intentó abrir una ventana legislativa.
Apenas seis días después de su triunfo en las urnas -las prisas, las ansias- los diputados aprobaron la reforma que estiraba el mandato de Jaime de dos a cinco años. Lo que las urnas no le habían concedido, el Congreso se lo regaló. Bonilla se convirtió en dios y dispuso para sí del tiempo.
La reforma avanzó con apoyo adversario. En un Congreso local donde Morena no tenía mayoría, la Ley Bonilla fue aprobada con el voto de la oposición. Siete diputados del PAN -Carlos Torres, exesposo de Marina del Pilar, incluido- le ayudaron a prolongar su mandato.
De tanto estirar la liga, Bonilla rompió el lazo. Aunque el empresario no se ha ocupado de actualizar su sitio web, donde todavía afirma que su amigo Andrés Manuel López Obrador lo invitó a transformar el país, la amistad no sobrevivió a la intentona. El presidente se deslindó; Porfirio Muñoz Ledo -entonces presidente de la Cámara de Diputados- promovió la desaparición de poderes en el Estado; y dentro de Morena -un movimiento para el que el principio maderista es dogma- Bonilla pasó de fervoroso a hereje.
El último giro de la llave lo dio la Suprema Corte. Por unanimidad, declaró inconstitucional el artículo octavo transitorio de la Ley Bonilla: una vez celebrada la elección, las reglas de la democracia no pueden reescribirse.
Derrotado por la Constitución, Jaime Bonilla dejó de ser gobernador en octubre de 2021. La fecha en que debía dejar de serlo.



