Lecciones desde Brasil para nuestra derecha

América Latina es azul. Milei en Argentina. Kast en Chile. Fujimori en Perú. De la Espriella en Colombia. Elección tras elección, el pincel avanza. Basta mirar descuidado y desde lejos para convencerse del inevitable giro hacia la derecha.
Eso se pensaba. Hasta ahora.
Yo me pregunto si no estaremos confundiendo correlación con causalidad. Simultaneidad con contagio. Sospecho que eso que llaman ola es, en realidad, una coincidencia: países distintos, con malestares diversos, llegando al tiempo al mismo lugar.
¿Que varios candidatos de derechas hayan ganado elecciones significa que el electorado latinoamericano se ha desplazado a la diestra? ¿O estamos dándole una sola explicación a malestares que nada tienen de idénticos? Aquí un gobierno desgastado; allá, la inflación; más lejos, la inseguridad, el descrédito de las élites, una representación que a nadie representa, el deseo de que gobierne alguien distinto.
Encontrar la causa importa porque importa la verdad. Pero también porque de un diagnóstico equivocado suele nacer una estrategia equivocada. La oposición mexicana comienza a seducirse con una explicación tan cómoda como falsa: que una corriente internacional avanza en su favor y que bastará con subirse en ella.
De ahí la fascinación con Trump. De ahí las fotografías: Alessandra Rojo de la Vega con Isabel Díaz Ayuso; Ricardo Salinas Pliego acercándose a los libertarios; Eduardo Verástegui cultivando vínculos con la gente de Trump; Jorge Romero viajando a la investidura de De la Espriella.
Cuidado: es falso que el patrocinio de la derecha internacional se traducirá en votos en casa.
Para comprobarlo, viajo a Brasil. Ahí está la muestra. Durante el último año, Donald Trump ha intentado meter mano en la política brasileña. Su gobierno impulsó un tarifazo y vinculó la presión económica al proceso contra Jair Bolsonaro, finalmente condenado por intento de golpe de Estado. La intención era debilitar a Lula. Terminó regalándole un enemigo extranjero.
La elección brasileña dejó de organizarse alrededor de la vieja dicotomía –lulismo contra bolsonarismo, gobierno contra oposición– y comenzó a estructurarse de forma más poderosa: Brasil contra una potencia extranjera.
Lula dejó de ser el histórico líder de las izquierdas para convertirse en el defensor del país. El bolsonarismo, por su lado, dobló la apuesta: no aparecerá como oposición al gobierno, sino como una fuerza dispuesta a entregar el país.
La visita de Javier Milei a São Paulo hizo visible la contradicción y sus límites. Su respaldo a Flávio Bolsonaro pudo entusiasmar a los ya convencidos, pero alejó a los que faltaban. Ahuyentó al votante de centro. Mientras la derecha circulaba la fotografía internacional, Lula consolidaba el 47% de la intención de voto frente al 43% de su rival. Milei fue repelente, fue magnificador, fue bumerang.
No hace falta simpatizar con Lula para entender la ventaja ni para advertir el riesgo. El nacionalismo posee una cualidad electoral inmejorable: permite ampliar una coalición sin exigir que todos sus integrantes compartan el mismo programa.



