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Trump perdió. ¿Por qué? ¿Qué sigue? ¿Y México?

Trump perdió. ¿Por qué? ¿Qué sigue? ¿Y México?

Actualizado: 07 de Noviembre, 2026, 07:49 AM

Trump perdió. No estaba su nombre entre los candidatos, pero perdió, porque las elecciones intermedias de esta semana eran, en la práctica, un referéndum sobre su desempeño, y porque el propio Donald convocó a sus huestes a que afrontarán la campaña y votarán como si él estuviera en la boleta.

Y perdió feo. Perdió peor de lo que se esperaba: los Demócratas tendrán muy cómodas mayorías de por lo menos 54 senadores y 251 representantes.

Ted Cruz describió los resultados como "un tsunami azul", y pocas definiciones podrían ser más adecuadas; después de todo, sí, es normal que el partido en la presidencia pierda las intermedias, pero no es normal perderlas así: Texas tendrá senador Demócrata por primera vez desde 1993 (y gobernadora Demócrata por primera vez desde 1994), Kansas eligió a su senador Demócrata en casi un siglo, Florida estuvo a punto de caer y los republicanos se desplomaron incluso en bastiones tan tradicionales como las Carolinas o Iowa.

¿Por qué? Perdió porque en 2024 recibió un claro mandato y una clara muestra de confianza de la sociedad estadounidense, y la tiró completamente a la basura. Pasó estos dos años en frivolidades idiotas, como el nuevo "ballroom" para la Casa Blanca, o el ya aburrido sketch de pelearse con todo mundo en redes sociales; vamos, que todavía en la tarde del día de las elecciones estaba en redes sociales, criticando a una locutora de Fox News porque no le gusta su voz.

Perdió porque la estridencia, que a veces hace falta, eventualmente satura. Por lanzarse a una guerra contra Irán, sin ganarla, por lanzarse a la arena con Cuba, sin quitar al régimen y, por supuesto, por los aumentos en el precio de los combustibles.

Perdió también por no consolidar su alianza con el voto hispano; después del 2024, tenía la mesa puesta para consolidar un bloque hispano-republicano, y lo echó por la borda, a cambio de darle gusto a 4 paletos racistas con absurdas redadas de ICE contra migrantes que no eran criminales.

Perdió, en pocas palabras porque sus resultados no estuvieron a la altura de su arrogancia, su estilo ya causa fatiga y -peor aún- todavía estaba coqueteando con lanzarse de nuevo en 2028.

¿Qué sigue? Trump perdió. Pero eso no significa una condena automática para los republicanos. Sobran los ejemplos de elecciones intermedias donde el partido que está en la Casa Blanca sale claramente derrotado, solo para recuperarse de inmediato y refrendar la presidencia dos años después.

Algunos ejemplos:

1982, con Reagan en la presidencia, los Republicanos perdieron 26 escaños de la Cámara de Representantes; en 1984 Reagan se reeligió con facilidad.

1994, con Clinton en la presidencia, los Demócratas perdieron 54 escaños de la Cámara de Representantes; en 1996 Clinton se reeligió con facilidad.

2010, con Obama en la presidencia, los Demócratas perdieron 63 escaños de la Cámara de Representantes; en 2012 Obama se reeligió con facilidad.

En muchas ocasiones, una derrota como la de estas elecciones es justo el acicate que necesita un partido para corregir el rumbo y para liberarse del lastre. Los candidatos menos competitivos quedan, literalmente, fuera del tablero, mientras que el shock del colapso abre el margen de maniobra para refrescar narrativas y liderazgos.

En este caso, adiós a cualquier posibilidad de que Trump pretenda torcer las leyes para buscar un tercer mandato; mientras que el vicepresidente Vance, hundido por las consecuencias electorales de su fracaso en Irán, queda relegado a un sitio testimonial. El paso adelante lo darán Marco Rubio o Ron De Santis, con otros perfiles, como Ted Cruz o hasta Jeb Bush esperando que un reajuste les abra oportunidades.

Del lado Demócrata, la amplia ventaja parlamentaria significa que tendrán el margen de maniobra como para consolidar liderazgos centristas, capaces de reconstruir la alianza social del partido, sin quedar sujetos al capricho de los radicales. El éxito de perfiles como Talarico en Texas implica que, de cara al 2028, es mucho menos probable ver a una Kamala Harris o un Sanders encabezando el ticket; la opción natural es volver a ser el “partido Demócrata estilo Clinton”, pero no Hillary, sino Bill.

¿Y México? ¿Qué impacto tendrá esta derrota en las relaciones bilaterales? Muchos en el oficialismo parecieran respirar con alivio ante la abrumadora victoria del partido Demócrata en las elecciones intermedias, pensando que Trump, ya derrotado, reducirá la presión sobre Claudia Sheinbaum y ahora solo queda esperar a que inevitablemente ganen los demócratas en 2028, recuperen la Casa Blanca y todo vuelva a ser vida y alegría. ¡Pelillos a la mar!

Están muy, pero muy equivocados, por varias razones

La derrota (escandalosa, por supuesto) de los republicanos en las elecciones de este martes NO significa que se aseguró un triunfo demócrata en las elecciones presidenciales. Como ya apuntamos con los ejemplos de 1994 o 2010, una derrota, por muy amplia que sea, en las elecciones intermedias no garantiza alternancia presidencial. Ahora los republicanos tienen dos años para corregir errores, limpiar sus listas de candidatos de ineptos e indeseables, y para movilizar a su base de votantes.

Incluso si un candidato demócrata gana la presidencia, eso no significa que, más allá de las señales cosméticas, cambien las actitudes fundamentales de Washington hacia México. Basta recordar, sobre el TLC (ahora T-MEC), que tanto Trump como los demócratas estaban en contra del tratado; y sobre la seguridad pública, lo mismo Trump que la mayoría de los demócratas tienen claro que la corrupción y la vinculación entre política y crimen organizado en México es un problema de seguridad nacional que debe atenderse con urgencia.

El Partido Demócrata está virando de regreso al centro. Los "progres" anti-policía y defensores socialismo quizá harán mucho ruido, pero no tendrán el control de las mayorías demócratas en el Congreso y muy probablemente tampoco definan el ticket presidencial en 2028.

Todo eso, de cara al futuro. Por lo pronto, en los 2 años que le quedan, Trump quizás pierda margen de maniobra para operar campañas más costosas y menos populares, como la de Irán; sin embargo, ¿presionar a los corruptos políticos mexicanos para que dejen de hacer negocios con el cártel? ese es un tema comparativamente mucho más barato y mucho más popular en la opinión pública americana. Si Trump quiere una victoria que rescate su legado, torcerle el brazo a la dictadura cubana y a la autocracia mexicana serán las dos frutas más fáciles de tomar.

¡Ah! Y, como cereza en el pastel, ahora los aspirantes naturales para la candidatura republicana son Ron DeSantis y, sobre todo, Marco Rubio, que conoce de sobra el escenario político regional y que bien podría utilizar las eventuales transiciones democráticas en Cuba y en México como victorias que propulsan sus aspiraciones presidenciales.

Así que, para Sheinbaum, el escenario base sigue siendo el mismo: ganar tanto margen de negociación como pueda, pero con la conciencia de que temprano o tarde va a tener que ceder. Tendrá que negociar una transición; con Trump, con los demócratas, o con Marco Rubio, eso es lo de menos. El juego y el final están escritos -y siguen escritos- a pesar de que perdió Trump.