Tres Mundiales y una misma pasión

Mientras el mundo parece vivir tiempos de incertidumbre, conflictos internacionales, tensiones políticas y cambios sociales acelerados, hay algo que permanece intacto: la capacidad de las personas para emocionarse, reunirse y compartir una misma pasión.
El fútbol vuelve a demostrarlo.
México está viviendo un momento histórico. Por tercera ocasión recibe una Copa del Mundo, convirtiéndose en el primer país en lograrlo. Antes fue sede en 1970 y en 1986; ahora, en 2026, vuelve a abrir sus puertas al planeta para celebrar el evento deportivo más importante del mundo. Ninguna otra nación había alcanzado esta distinción.
Más allá de los estadios, las estadísticas o los resultados, este acontecimiento representa algo más profundo. Habla de la capacidad de una sociedad para organizarse, para mostrarse ante el mundo y para formar parte de la memoria colectiva de generaciones enteras.
Los mexicanos que vivieron el Mundial de 1970 recuerdan la magia de un joven brasileño llamado Pelé, considerado por muchos el mejor futbolista de todos los tiempos. En aquel torneo, el Estadio Azteca fue escenario de una de las selecciones más admiradas de la historia.
Dieciséis años después, en 1986, México volvió a ser anfitrión y el mundo conoció otra historia legendaria. Fue el Mundial de Diego Maradona, del llamado "Gol del Siglo" y de una actuación que aún hoy forma parte de las conversaciones futboleras en cualquier rincón del planeta. También fue en el Azteca donde Maradona levantó la Copa del Mundo.
Resulta curioso pensar que dos de las figuras más grandes que ha producido este deporte dejaron su huella en territorio mexicano. Como si la historia hubiera decidido que los grandes capítulos del fútbol también debían escribirse aquí.
Ahora llega una nueva edición y surge inevitablemente la pregunta: ¿quién será la figura que recordaremos dentro de veinte o treinta años?
Quizá sea Kylian Mbappé consolidando su legado. Tal vez sea Lamine Yamal confirmando que estamos frente a una nueva era. O quizá aparezca un nombre inesperado, uno de esos jugadores que hoy pocos imaginan y que terminará ocupando un lugar privilegiado en la historia.
Porque eso tienen los Mundiales. Son más que un torneo. Son una fábrica de recuerdos. Son el lugar donde nacen héroes deportivos, donde se unen familias frente a una pantalla y donde millones de personas, por noventa minutos, dejan de lado sus diferencias para compartir una misma emoción.
Tal vez esa sea la verdadera grandeza de este evento. En una época donde abundan las razones para dividirnos, el deporte sigue encontrando motivos para reunirnos.
Y dentro de algunos años, cuando alguien pregunte dónde comenzó la historia de la próxima gran leyenda del fútbol, es posible que la respuesta vuelva a ser la misma:
En México.
Y estos son los motivos que generan nuestras decisiones.



