Templo lunático

Los mexicanos vivimos en el ombligo de la Luna, místico epicentro donde se reúne el agua con el fuego y la tierra con el aire (así sea neblumo de contaminación). Cartografía heredada de tiempo prehispánico, re-cuadriculada constantemente, nuestro sagrado espacio tiene un modelo inspirador a muy pocos kilómetros del centro de la Ciudad de México llamado Teotihuacán, con o sin acento, un enmarañado galimatías para todo guía turístico que intenta explicar que la etimología significa “Lugar de dioses” (siendo el vocablo “teo” igual a “Dios” en griego).
Desde mi turística infancia he considerado a la llamada pirámide de la Luna como mi favorita por encima de la llamada pirámide del Sol y digo mal-llamadas porque a partir de la adolescencia se nos inculca que no son pirámides, sino templos. El de la Luna exige menos esfuerzo para quienes intentan ascender sus estrechos escalones, mientras que la montaña del Sol añade la humillación atlética de que hasta arriba nunca faltan vendedores de paletas heladas o refrescos embotellados que han logrado la subida con olímpico asombro.
De un tiempo a la fecha se ha vuelto costumbre visitar Teotihuacán al nacer cada primavera con uniformes blancos en una progre impostación tan buenaondita como los mozos posmodernos de las pamplonadas. En un ayer de Hemingway los encierros se corrían con pantalón de pana y camisa negra, así como en la psicodelia de mi infancia mis tías iban a Teotihuacán vestidas con colores de Woodstock.
Aceptemos que la esquizofrenia arqueológica se remonta a poco más de un siglo, cuando todo Teotihuacán se veía como un valle de cerros geométricos cubiertos y recubiertos de maleza y vegetación que se empezaron a podar desde el porfiriano empeño de limpiarlo todo para la celebración del primer siglo de existencia formal de México. Turistas y teotihuacanos coinciden a lo largo de no pocas décadas en que hay mucha evidencia (en paredes, escalones, contrafuertes y demás) de argamasa moderna, cemento coetáneo que dignifica la orgullosa labor de restauración arquitectónica de todo el sitio y no tanto la piedra intacta de pasados siglos.
Efectivamente, hay gárgolas que revelan una varilla como sostén y hay quienes se decepcionan de todo el milagro creyendo que Jim Morrison anduvo por estos lares sobre arena volcánica impoluta o que Borges se paró en plena Calzada de los Muertos (de bastón y con corbata) como si apenas ayer volaban allí en derredor diversas plumas de quetzal. Todo esto como parte entrañable de los muchos misterios de Teotihuacán (¿por qué se despobló de pronto si no hay huella alguna de erupción volcánica? ¿será que hubo un muy desfavorable tratado de libre comercio entre los pueblos comerciantes de hace milenios?).
Con todo, hace unos días recorrió el mundo entero la dolorosa noticia de un Teotihuacanazo insólito. Un demente llegó con inmensa facilidad a la primera terraza de la Pirámide de la Luna y la convirtió literalmente en Templo Lunático disparando al azar un revolver de peligroso calibre, hiriendo a no pocos visitantes y matando a una turista canadiense.



