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¿Qué mueve al peso?

¿Qué mueve al peso?

Actualizado: 18 de Octubre, 2026, 10:27 PM

En México revisamos a diario el tipo de cambio como quien revisa el termómetro de un enfermo, y celebramos si el peso se aprecia y buscamos culpables cuando pierde valor

En México revisamos diariamente el tipo de cambio como quien revisa el termómetro de un enfermo. Sin embargo, a pesar de leer la temperatura que este nos indica y tratar de entender las causas, celebramos si el peso mexicano se aprecia y buscamos culpables cuando pierde valor. En estas semanas en las que el dólar ha estado rondando los 18,50 pesos, perdiendo valor el peso después de seis semanas seguidas de ganancias, el ánimo cambió.

La obsesión que se tiene en México por el tipo de cambio tiene raíces profundas y añejas y no es irracional. Durante cuatro décadas, el valor del peso fue una promesa del gobierno. Así como se prometían –y aún prometen– cifras de crecimiento durante las campañas, el valor del peso era una variable a determinar y cada vez que la realidad cambiaria se imponía, aparecía una crisis.

En 1982, después de que el presidente López Portillo juró defender al peso como un perro, el dólar se encareció significativamente. En diciembre de 1981, el dólar costaba 26,20 (viejos) pesos. En septiembre de 1982, cuando se decretó la nacionalización de la banca, se impuso un control generalizado de cambios y en diciembre de ese mismo año el dólar libre rondaba los 150 (viejos) pesos y el controlado 95. La inflación superaba 100%.

Tras la crisis de 1994, el dólar subió casi 124% en un año, la inflación —que ya se percibía controlada— repuntó a 48,5% y la economía se contrajo en 1995 cerca de 6%. Una encuesta de hace más de diez años levantada por Parametría muestra que cuando el dólar sube de precio –es decir, cuando el peso se deprecia– para los mexicanos es síntoma de que la economía está empeorando. Sobra decir que cuando sucede lo contrario, se piensa que las cosas van bien.

El problema de esa lectura es que corresponde a un régimen que ya no existe. Desde diciembre de 1994, la propia crisis llevó a cambiar de régimen cambiario. El peso flota libremente y desde 2001 el Banco de México opera con un objetivo de inflación de 3% con un margen de un punto porcentual en ambos sentidos. El ancla dejó de ser el tipo de cambio y pasó a ser la credibilidad del banco central, y esa diferencia cambia todo.

¿Qué mueve hoy al peso? En primer lugar, pero no necesariamente en orden de importancia, la inflación. Entre 1982 y 1994, cada punto de depreciación venía acompañado de más de medio punto de inflación. Hoy la relación es mínima. Banamex estima que el traspaso a la inflación general ronda 0,045. En 2020, el peso promedió un nivel casi 12% más débil que en 2019 y la inflación cerró el año en 3,15%. Entre mayo de 2024 y mayo de 2025, el peso se depreció 15,7% mientras la inflación bajaba. El canal de transmisión no ha desaparecido, pero no es tan fuerte. Los fijadores de precios escuchan a Banxico y saben que un movimiento cambiario puede revertirse de un día a otro, así que absorben parte del ajuste.

En segundo lugar, el peso es, ante todo, un activo financiero. Según una encuesta del Banco Internacional de Pagos, en abril de 2025 se negociaron pesos mexicanos por casi 147.000 millones de dólares diarios y el 82% de estas operaciones ocurrió fuera de México. Por cada dólar que se mueve en la economía real, se negocian 22 en el mercado cambiario. Con esa escala, el peso se mueve por el apetito global de riesgo y las tasas de la economía estadounidense. Poco tiene que ver con lo que sucede dentro de las fronteras de este país.

Según el mismo reporte de Banamex, los factores externos explican alrededor de 41% de las variaciones cambiarias mensuales, los flujos comerciales y las remesas apenas 6% y la incertidumbre sobre la política interna, cerca de 7%. 

Sin embargo, el horizonte temporal importa. Todo parece indicar que a corto plazo son las variables mundiales las que explican los movimientos, pero a plazos más largos lo que se hace dentro del país sí cuenta.

Con ese lente, la depreciación reciente del peso mexicano se entiende mejor. Entre el 9 y el 30 de septiembre, el dólar pasó de 16.89 pesos –un valor para muchos inexplicable– a 18.07, un ajuste de 7%. Coincidió con el alza de la tasa de la Reserva Federal y con el bono del Tesoro estadounidense cotizando en máximos desde 2002. El peso cayó más que otras monedas emergentes, pero también venía de apreciarse más que ellas, beneficiándose de la debilidad del dólar. En julio, el tipo de cambio real –el que considera la diferencia entre las inflaciones de los países que compara– estaba casi 16% por debajo de su promedio desde que el peso opera en un régimen de flotación cambiaria. El superpeso era una apreciación real, sí, pero no representaba –ni lo representará aunque regrese a los niveles previos– una fortaleza estructural de la economía mexicana.

Ahora, si el peso se sigue depreciando más que sus pares sin cambios equivalentes en las condiciones externas, habría que darle otra lectura. Algo de eso empieza a asomarse. El viernes 16 de octubre, mientras el dólar se debilitaba frente a otras monedas, el peso perdió terreno y cerró la semana en 18,48 por cada dólar. El factor interno es el diferencial de tasas con Estados Unidos, que se ubica en mínimos históricos, y una minuta del Banco de México en la que parece que varios miembros de la Junta de Gobierno se muestran dispuestos a recortar justo cuando la Fed contempla subir. El mercado financiero escucha y conviene que el banco central tenga muy claro lo que comunica.

No hay un tipo de cambio que sea “bueno” para todos. Una depreciación beneficia a las familias que reciben remesas, cuyo poder de compra ha caído 19% desde 2022. También ayuda a los exportadores, aunque hay que considerar que el 56% de la manufactura de exportación proviene de insumos importados. Beneficia al sector turístico porque México se ha vuelto muy caro en términos relativos frente a destinos que son sustitutos. La misma depreciación perjudica a quien tiene deudas en dólares o consume bienes importados. Hoy el gobierno está menos expuesto de lo que estaba en 1982 o 1994; el 85% de la deuda neta está en pesos.

El peso es, al final día, un precio, uno importante, que sirve además como amortiguador ante los choques que vienen de fuera. Que fluctúe es señal de que el régimen cambiario funciona. Más que preocuparnos de que el peso se mueva, deberíamos estar atentos a otras señales en materia económica referentes a inversión, consumo, inversión pública.

El tipo de cambio –aunque se use como termómetro– no lo es. Más que el nivel cambiario en sí mismo, hay que entender las razones detrás de su movimiento. Más allá del ruido, hay que intentar escuchar las señales que está capturando. La meta no debería ser tener un peso fuerte, sino tener una moneda respaldada por el crecimiento, por la confianza, por la inversión y la estabilidad.