No existe un manual definitivo para responder a esta pregunta. Tampoco creo que haya una única forma correcta de ejercer la función judicial, pues hay que tomar en cuenta que los tribunales cambian de un país a otro, las tradiciones jurídicas son distintas y cada juez llega al cargo con experiencias, convicciones y maneras particulares de entender el derecho.
Sin embargo, existía consenso en que para interpretar una Constitución se necesitaba preparación. Conocer el derecho, estudiar los precedentes, comprender las instituciones y dominar las herramientas del razonamiento jurídico debería ser el punto de partida. Es una obviedad que, al parecer, en estos tiempos ya no siempre resulta tan clara.
Durante los últimos dos años, he platicado con trece jueces que formaron parte de cortes constitucionales y tribunales supremos de distintos países. Es una experiencia poco común, pues los jueces rara vez conceden entrevistas y todavía con menor frecuencia hablan con libertad sobre cómo deliberan, qué dudas enfrentan, qué esperan de sus colegas o qué creen que exige hacer bien su trabajo.
Después de escucharlos, me han quedado algunas ideas. Por ejemplo, Stephen Breyer de la Corte Suprema estadounidense me habló de escuchar. Recordó que una regla no escrita de su corte era que nadie debía intervenir por segunda vez hasta que todos hubieran hablado una primera. Escuchar es aceptar que otro argumento podía modificar el propio.
Esa disposición aparece constantemente. Manuel José Cepeda, expresidente de la Corte Constitucional colombiana, procuraba hablar al final cuando presidía las deliberaciones y dar especial espacio a quienes estaban en minoría. Luis Guillermo Guerrero me contó que, aunque durante la Constituyente había defendido que la acción de tutela no procediera contra decisiones judiciales, años después, ya como magistrado de la Corte Constitucional, cambió de posición al advertir que en ciertos casos proteger los derechos fundamentales exigía revisar incluso sentencias de altas cortes. Es decir, un buen juez también debe estar dispuesto a corregirse.
Algo parecido me contaba Marta Cartabia, expresidenta de la Corte Constitucional italiana. Decía que los límites y la necesidad de construir consensos pueden hacer más lenta una decisión, pero también la vuelven más estable y, paradójicamente, más creativa. Escuchar obliga a encontrar soluciones que uno solo quizá nunca habría imaginado.
También aparece una exigencia de humildad. Natalia Ángel, magistrada de la Corte Constitucional colombiana, insiste en que los jueces deben reconocer aquello que no saben y escuchar a expertos de otras disciplinas. Daniela Marzi, expresidenta del Tribunal Constitucional chileno, lo expresó de otra manera: el primer ejercicio de empatía consiste en tratar de entender cómo vive otra persona y evitar caricaturizarla.
Michael Kirby, de la Corte Superior de Australia dijo que los jueces deben estar demasiado ocupados estudiando los hechos, las normas y los precedentes como para preocuparse por su legado. Dieter Grimm, antiguo integrante del Tribunal Constitucional Federal alemán, recordó que una sentencia merece una seriedad especial porque, a diferencia de una opinión académica que después puede corregirse, la decisión de un juez se convierte en derecho e impacta la vida de las personas.
Y después está el poder. Louise Arbour de Canadá advirtió que un juez constitucional debe estar en condiciones de proteger a las minorías incluso contra la mayoría. Edwin Cameron de Sudáfrica resumió su filosofía judicial en dos principios: desconfiar del poder y, dentro del derecho, utilizar la función judicial para proteger a quienes tienen menos poder. Fernando Castillo Víquez de Costa Rica me recordó que la independencia no es un privilegio del juez, sino una garantía para quien llega ante él.
Albie Sachs me contó la anécdota que mejor resume todo esto. Él y Nelson Mandela habían sido amigos, compañeros de lucha contra el apartheid y parte de una misma causa histórica. Años después, Sachs integró la Corte Constitucional sudafricana cuando ésta declaró inválida una actuación del gobierno de Mandela. La amistad y la historia compartida no fueron excusa para que ninguno dejara de cumplir con responsabilidad su papel. Sachs y sus colegas juzgaron con independencia. Mandela perdió y acató la decisión. Para que una Constitución funcione hacen falta jueces dispuestos a decirle que no al poder y gobernantes dispuestos a aceptar ese límite.
Ninguna de estas virtudes sustituye a la preparación jurídica, pero la acompañan. Un juez necesita estudiar, pero también escuchar, dudar, argumentar, aceptar perder, resistir presiones, conocer sus límites y recordar que la toga no lo convierte en protagonista. Hoy, la Suprema Corte mexicana está integrada por nueve ministras y ministros que llevan un año en el cargo. Después de conocer cómo entienden su oficio jueces constitucionales de tantas partes del mundo, hay una pregunta que no puedo evitar hacerme: ¿Cuántos de nuestros ministros reúnen siquiera una de esas virtudes?
La respuesta prefiero dejársela al lector.



