Nunca hubo tanta riqueza. Nunca se sintió tan insuficiente

Estados Unidos es el país más poderoso del mundo. Y lo es porque su economía es la más fuerte. Sin embargo, basta hablar cinco minutos con cualquier persona para notar que ese no es el sentimiento. EU produce riqueza a un ritmo formidable, supera contundentemente a Europa y Japón en crecimiento, multiplica hogares de ingresos altos y presume innovaciones sin descanso. Pero el ánimo social no acompaña el triunfalismo macroeconómico. Al contrario: hay ansiedad, resentimiento, cansancio, una sensación bastante extendida de que tener una “vida normal” se volvió producto premium.
Empecemos con un dato importantísimo: la clase media no se está encogiendo. Ha ocurrido algo más extraño. Según un análisis de Scott Winship y Stephen Rose, la proporción de familias en la “clase media central” -hogares con ingresos de 250 a menos de 500 por ciento de la línea de pobreza- bajó de 35.5 por ciento en 1979 a 30.8 por ciento en 2024 (hasta ahí podemos pensar que a lo mejor algo anda mal). Pero al mismo tiempo, el porcentaje de familias pobres o casi pobres cayó de 29.7 a 18.7 por ciento, y el de familias de clase media baja pasó de 24.1 a 15.8 (todo en el mismo periodo). ¿A dónde se fue toda esa gente? Hacia arriba. La proporción de familias de clase media alta pasó de 10.4 a 31.1 por ciento, y la de ricos, de 0.3 a 3.7. Es decir: el país se enriqueció. Se enriqueció muchísimo. Son grandes noticias, que deshacen la narrativa apocalíptica de muchos que se sientes intelectuales. El problema es que se enriqueció de un modo que volvió psicológicamente insoportable la vida de quienes no despegaron igual de rápido.
Hay un nombre bueno para esto: la gran descompresión. Durante buena parte del siglo XX ocurrió lo contrario. Economistas como Claudia Goldin y Robert Margo hablaron de la gran compresión para referirse a un periodo en que los salarios de abajo crecían con fuerza y la distancia con los de arriba no se ensanchaba tanto. Desde mediados de los setenta, en cambio, la historia cambió. La tecnología, la globalización y la creciente recompensa al capital humano en demanda hicieron que las familias con ingresos por encima de la mediana empezaran a escaparse. No una o dos cuadras. Se mudaron de colonia.
Entre parejas casadas con hijos, la familia ubicada en la mediana ganaba en 1975 unos 15 mil dólares; la del percentil 80 ganaba 22,600. Eso significaba una diferencia de 51 por ciento. En el año 2000, la mediana estaba en 59 mil y el percentil 80 en 99 mil: una brecha de 68 por ciento. Para el año pasado, la familia mediana de ese grupo ganaba 130 mil dólares, mientras que la del percentil 80 recibía 242 mil. La diferencia ya no era de 51 ni de 68, sino de 85 por ciento. No estamos hablando aquí de multimillonarios con yates y helicópteros. Estamos hablando del profesional educado, que no vuela en jet privado pero sí vive en un universo material cada vez más separado del resto.
Es uno de los grandes malentendidos del momento. Mucha gente no se siente pobre porque no tenga qué comer; se siente rezagada porque la definición social de una vida normal se nos fue a otra liga. Y las empresas, obedientes, empezaron a organizarse alrededor de esa nueva clientela. Es lo que podríamos llamar una economía de Grupo 1 para un país que viaja en Grupo 9 (en términos de abordaje de aviones). Compras un boleto de avión y ya no compras un asiento: compras una humillación escalonada: First Class, Main Cabin Extra, Main, Basic Economy, es decir, abordaje prioritario, pre-prioritario, sub-prioritario y, si falta algo, respiración premium. Cada servicio se ha vuelto una jerarquía visible. Ya no sólo importa tener acceso a algo; importa ver que otros tienen una versión mejor, más rápida, más cómoda y cada vez más cara de exactamente lo mismo.
Disney World sirve como caricatura perfecta del fenómeno. Un parque temático que antes formaba parte del imaginario accesible de la familia promedio ahora ofrece una experiencia estratificada, de múltiples niveles, donde el dinero no sólo compra entrada sino fricción reducida, menos filas, menos espera y mejores vistas. Lo mismo ocurre con la medicina, los deportes, la vivienda, los colegios, los viajes y hasta la infancia. El Wall Street Journal reportó que el gasto anual promedio por familia en béisbol juvenil subió de 660 dólares en 2019 a 1,113 en 2024. Ya no se trata de que los niños jueguen béisbol: ahora juegan béisbol con logística de consultoría y presupuesto de miniempresa. Ya no basta con un guante, un bat y una liga local patrocinada por el taller mecánico de la esquina. Ahora hay torneos regionales, equipo especializado, viajes, hoteles y padres haciendo de choferes de una start up deportiva (que está en números rojos, claramente).
EL UNIVERSAL



