‘Los declaro marido y mujer’

Cierto señor se presentó en la consulta de un famoso brujo y le pidió que lo librara de la maldición que un hombre le había echado y que le arruinó la vida para siempre. Le indicó el brujo: "Para quitarle la maldición necesito saber las palabras exactas que dijo el hombre que se la echó". Le informó con rencoroso acento el tal señor: "Esas palabras fueron: 'Los declaro marido y mujer'". (El sarcástico H. L. Mencken sentenció: "Los hombres tienen una gran ventaja sobre las mujeres: van al matrimonio más tarde y generalmente salen de él más temprano"). El joven y apuesto empleado del censo le preguntó a la señorita Himenia: "¿Qué edad tiene?". Con un mohín de coquetería respondió ella: "Cuento 39 abriles". Antes de apuntar el dato le pidió el del censo "¿Podría decirme ahora cuántos eneros, febreros y marzos cuenta?". Soy lampiño. En la España del siglo diecinueve habría sido yo cura o torero, las dos únicas profesiones a cuyos oficiantes no se les permitía usar bigote o barba. De joven me afeitaba ante el espejo. Don Mariano, mi padre, me decía riendo: "¿Para qué te rasuras con navaja? Úntate la cara con leche y ponte al gato". Creo saber el origen de mi indigencia pilosa. La debo, pienso, a mis antepasados tlaxcaltecas. Saltillo, la ciudad donde sin merecerlo vi la primera luz y espero mirar la última, fue poblada por audaces españoles y por nobles señores aborígenes venidos de Tlaxcala con sus familias. Provengo de ambas razas, y de ambas estoy orgulloso por igual. Seguramente de la parte indígena deriva mi condición lampiña, pues a diferencia de los hombres blancos y barbados los nativos apenas tenían esbozo de bozo y de barba. Gracias a su herencia me basta pasarme un minutito la rasuradora para que el rostro me quede como nalga de princesa. A mis tatarabuelos tlaxcaltecas doy las gracias por esa bendición que me evita el uso de tijeras y navajas, cremas de afeitar, tintes y demás sustancias y adminículos necesarios para el prolijo cuidado de barbas y bigotes. En el tiempo que cierto amigo emplea cada día en cultivar los suyos puedo yo rasurarme, beber luego a sorbos lentos un café, leer completa la edición dominical del New York Times, almorzar profusamente, resolver un crucigrama y un sudoku y oír una ópera de Wagner. Otras cosas debo a mis antepasados venidos de Tlaxcala. Ellos plantaron las umbrosas huertas que aún hoy dan los perones y membrillos con los que sabias manos de mujeres hacen los ricos dulces saltilleros. Ellos tejieron la preciosa gala de los famosos sarapes de Saltillo. Ellos nos legaron el sabroso pan de pulque y las coloridas danzas de matachines. Por eso admiro tanto a Carlos Gómez Flores, ilustre Cronista de Bustamante, Nuevo León, quien con afanoso amor se ha dedicado a exaltar la obra de los tlaxcaltecas en su solar nativo, así como yo he procuro encomiarla en el mío. Esa bella población nuevoleonesa y mi ciudad conservan la devoción por sus Cristos, cuya fiesta celebran el mismo día, 6 de agosto. Igualmente comparten la sabrosura del pan y de la dulcería vernácula. Aquí doy gracias a Carlos Gómez por todo lo que ha hecho en bien de su ciudad natal y de la memoria tlaxcalteca. Gran ecólogo y conservacionista, su obra en defensa del medio ambiente es conocida en nuestro país y más allá de nuestras fronteras. Escritor de mérito, sus libros y artículos son leídos por cientos de miles de lectores. Y no omito mencionar otro rasgo característico de Carlos: tampoco él tiene barba ni bigote. Una señora declaró: "Mi marido hace conmigo lo mismo que con su bicicleta estacionaria: se esfuerza, jadea, puja, suda, y no llega a ningún lado". FIN.
MANGANITAS
Por AFA
". Pleito en el Senado.".
La Cámara se rebaja.
Ahí el decoro hace falta.
La llamada "Cámara Alta"
se está viendo retebaja.