Pocas veces un libro llega en un momento tan propicio para dar norte como Hyperpolitics (Verso, 2026), del joven politólogo belga Anton Jäger (1993). Su tesis es que para entender la política de nuestro tiempo hay que preguntarse cómo ha cambiado nuestra manera de hacer política en cada época. Desde esa perspectiva, propone leer la historia reciente como un tránsito de la confrontación de masas a la pospolítica; de ésta, a la antipolítica; y, finalmente, a la hiperpolítica, una forma de politización extrema y permanente que, paradójicamente, parece producir cada vez menos consecuencias políticas reales.
Durante buena parte del siglo XX, y sobre todo en la Guerra Fría, la política se estructuró en grandes antagonismos. Capitalismo o comunismo, occidente o bloque soviético, izquierda o derecha. Esa polaridad ofrecía un mapa para interpretar el mundo. Partidos, sindicatos, iglesias, movimientos estudiantiles articulaban identidad social e identidad política. Era una política de alta politización e institucionalización. Había conflicto, y también organizaciones capaces de convertirlo en acción sostenida. Luego, la caída del Muro en 1989 y el colapso soviético en 1991 disolvieron ese antagonismo. Fukuyama habló del “fin de la historia”; democracia liberal y mercado parecían haber vencido a sus rivales sistémicos. Empezó la pospolítica. Los noventa y buena parte de los 2000 consagraron el consenso del libre mercado, la globalización y la tecnocracia. Bajó la temperatura política. También la militancia y la pertenencia partidista. Luego la crisis de 2008 rompió esa ilusión. Gobiernos y finanzas fueron vistos como incapaces o indiferentes. Nació la antipolítica. No era solo rechazo a unos cuantos políticos; era sospecha de la intermediación misma. Las protestas contra la austeridad y luego populismos de izquierda y derecha dijeron que las instituciones ya no representan a quienes dicen representar. El conflicto volvió. Las estructuras, no. Partidos debilitados, sindicatos menguados, organizaciones intermedias erosionadas. Surgieron nuevos partidos/movimientos y liderazgos con discursos antisistémicos.
Pero la antipolítica fue una estación de paso. Muy rápidamente la política regresó con intensidad, pero sin las instituciones que antes la organizaban. De acuerdo con Jäger, hoy hay más politización, pero menos institucionalización. Hablamos más de política, pero tenemos menos capacidad colectiva para transformarla. La política ya no vive solo en el Congreso o en la campaña. Está en las redes, en lo que compramos, comemos, vemos y escuchamos; en el deporte, el género, la migración, la raza, la religión, el clima o la tecnología. La frontera entre lo privado y lo público se volvió porosa, y con ello Arendt dejó de tener sentido. Pero la intensidad no equivale a capacidad. Podemos indignarnos por millones y no construir una organización que dure. Llenar las redes de consignas y no mover una institución. Jäger concluye que vivimos la politización extrema sin consecuencias políticas. Las redes aceleran el fenómeno. Premian la reacción, no la deliberación; la indignación, no la construcción; la identidad, no la negociación. Nunca fue tan fácil participar y tan difícil construir poder duradero.
El reto es inventar formas de organización que una sociedad apasionada, pero recelosa de las intermediaciones tradicionales, pueda reconocer. Porque la democracia no vive solo de ciudadanos indignados. Necesita gente capaz de organizarse, instituciones capaces de responder y espacios donde el conflicto se vuelva deliberación. Y en esa encomienda las universidades, como espacios privilegiados para el pensamiento crítico y la formación ciudadana, están llamadas a asumir una responsabilidad mayor. Deben ser lugares capaces de convertir la pasión en capacidad, formar gente que sepa organizarse, deliberar y sostener una institución en el tiempo. Su tarea es formar el oficio que la hiperpolítica no enseña. No basta con enseñar en el aula teoría crítica o la historia de las ideas. Hace falta el trabajo de formar en la organización, enseñar cómo un conflicto se vuelve agenda, votación y resultado. La universidad debería modelar la institución que la democracia echa en falta. Gobiernos universitarios que respondan, sindicatos de trabajadores y académicos con vida interna, asociaciones estudiantiles que trasciendan y no se disuelvan con el semestre. En fin, deberían ser instituciones que enseñen que el conflicto debe convertirse en decisión, que protestar no sustituye a gobernar. Porque la política ya regresó, pero no sabemos si convertiremos esa energía en representación y resultados. Si no lo logramos, corremos el riesgo de vivir conectados a la política, indignados por ella y enfrentados en ella… con cada vez menos poder para cambiarla.
*Presidente de la Asociación Mexicana de Educación Continua y a Distancia AC



