Columnas - Enrique De la Madrid

Hay ausencias que gritan más fuerte que una multitud

  • Por: ENRIQUE DE LA MADRID
  • 11 ENERO 2026
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Hay ausencias que gritan más fuerte que una multitud

No hay presencia más brutal que la de quien no está. Porque cuando alguien desaparece, no se esfuma del todo: queda flotando entre la esperanza y el horror, en ese limbo donde ni se entierra ni se abraza. La desaparición de una persona es, como dijo un sociólogo argentino, una catástrofe social que produce un "estado liminal": no sabes si está viva o muerta, no sabes si esperar o llorar, y eso convierte su ausencia en una herida abierta que nunca deja de sangrar.

De esto platiqué con el Doctor Edgar Guerra para mi podcas En Blanco y Negro y pueden ver la plática completa en youtube.com/watch?v=LkH2TIz95ZU, donde me dijo que, en México, más de 130 mil personas han desaparecido oficialmente. Más de 130 mil historias rotas, madres sin hijos, hijas sin padres, hermanos con un hueco imposible en el alma. Y lo peor: esa cifra solo refleja lo que está registrado.

Hay una sombra aún más oscura detrás de ella, la cifra negra, formada por todas esas familias que no denuncian por miedo, por desconfianza o porque simplemente ya no creen en nada.

Y es que, ¿cómo creer cuando muchas veces la desaparición no es obra de criminales al margen de la ley, sino del propio Estado? La desaparición forzada ocurre cuando el gobierno, por acción o por omisión, permite o ejecuta la eliminación de personas consideradas enemigas políticas. En México, esto ha pasado. Ha pasado en la guerra sucia, en operativos contra el crimen, en comunidades enteras que aprendieron a vivir entre el miedo y la impunidad.

Pero el Estado no siempre desaparece gente. El Dr Guerra destaca cómo a veces simplemente desaparece... y deja espacio libre para que otros tomen el control. En muchas partes del país, los grupos criminales no solo venden droga. También reparten justicia, dan seguridad, prestan dinero, ofrecen empleos. En otras palabras: sustituyen al Estado. Donde no hay instituciones, los narcos llenan el vacío con su propia ley, y con ello construyen algo mucho más difícil de erradicar que un cártel: construyen legitimidad.

En ese contexto, no es raro que los jóvenes encuentren en estos grupos no solo una forma de ingreso, sino una identidad. La narcocultura, con sus corridos, sus camionetas y sus relojes brillantes, vende un sueño aspiracional a quienes no tienen nada. Y ese sueño entra por los oídos, por los ojos, por las redes sociales. Ahí donde un video musical con narcos tiene millones de vistas y la canción del mariachi bien portado no la escucha ni su mamá.

Pero no todo ingreso al crimen es voluntario. Hoy hay reclutamiento forzado. Jóvenes secuestrados o engañados con promesas de trabajo. Jóvenes que un día salieron de casa y nunca más regresaron. Porque ser pobre, en ciertas zonas del país, ya es estar en la mira.

Frente a eso, hay quienes resisten desde lo más básico. El Dr Guerra me contó como en una comunidad de Tierra Caliente, una activista les enseña a niños cómo jugar. Puede sonar absurdo, pero tiene todo el sentido: jugar es una forma de aprender a resolver conflictos sin violencia. En un país donde los gritos en el tráfico escalan a golpes y las disputas territoriales terminan en balaceras, jugar se vuelve una lección de civilidad.

Mientras tanto, las familias de los desaparecidos siguen en la lucha. Pero no son solo víctimas: son víctimas revictimizadas. 

Van a las fiscalías y las tratan como sospechosas. Les preguntan "¿en qué andaba su hijo?" en lugar de "¿cómo podemos ayudarla?". Y son, en su mayoría, mujeres. Mujeres que además de buscar a sus seres queridos, tienen que sostener a sus hogares, lidiar con el estigma y no dejarse caer.

Porque en México, la presunción de inocencia parece no aplicar para los desaparecidos. La sociedad muchas veces asume que si alguien desapareció, algo habrá hecho. Y así, se justifica lo injustificable. Se borra la dignidad del que falta y se entierra de vergüenza al que busca.


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