Columnas - Monica Deiterman

El horror que causa una ley

  • Por: MONICA DEITERMAN
  • 09 JULIO 2026
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El horror que causa una ley

Hay acontecimientos que sacuden mucho más que la agenda informativa. Sacuden la percepción de seguridad, la confianza y la manera en que una comunidad se relaciona consigo misma. 

La muerte del trabajador migrante mexicano Lorenzo Salgado Araujo durante un operativo migratorio en Houston, Texas, ha despertado dolor, enojo y un profundo sentimiento de injusticia entre miles de personas que se reconocen en la historia de alguien que, como tantos otros, salió de casa simplemente a trabajar.

Lorenzo había vivido aproximadamente treinta y cinco años en Estados Unidos. Eso significa, probablemente, haber llegado siendo apenas un adolescente o un joven que comenzaba a construir su vida.

Imaginen lo que representan treinta y cinco años.

Una vida de trabajo.

Una vida de aprendizajes.

Una vida de sacrificios y esfuerzos cotidianos.

Treinta y cinco años son más que un estatus migratorio o un expediente administrativo. Son décadas de pertenencia, de recuerdos, de amistades, de contribuciones silenciosas y de una comunidad que, con el paso del tiempo, también se convierte en hogar.

Porque todos los días millones de personas salen a las calles buscando una forma de vivir.

Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia, pareciera que además de buscar cómo vivir, también debemos aprender a sobrevivir a un entorno percibido como peligroso e impredecible.

Las comunidades migrantes viven con el temor de ser detenidas, separadas de sus familias o quedar atrapadas en circunstancias que cambien su vida en cuestión de minutos. Ese miedo genera ansiedad, hipervigilancia y una sensación permanente de incertidumbre.

Pero el miedo no habita únicamente de un lado.

También existe presión sobre quienes portan un uniforme y tienen la responsabilidad de intervenir en situaciones complejas y cambiantes. Muchos agentes sienten que se encuentran expuestos al peligro, que cualquier movimiento puede representar una amenaza y que su obligación es regresar con vida a casa al final de la jornada.

La diferencia es que algunos enfrentan ese miedo con la vulnerabilidad de quien teme perder su estabilidad, mientras otros lo enfrentan portando autoridad y un arma para protegerse.

Y el miedo, cuando se instala en ambos lados, rara vez produce encuentros tranquilos.

El ciudadano responde desde el enojo y la percepción de injusticia.

El agente responde desde la presión y el instinto de preservación.

Entre ambos comienza a crecer una distancia alimentada por la desconfianza.

La psicología social ha demostrado que las sociedades que permanecen demasiado tiempo bajo narrativas de amenaza terminan desarrollando respuestas colectivas de defensa. Aparecen la sospecha, la polarización y la dificultad para reconocer humanidad en quien está enfrente.

Entonces ya no vemos a un padre de familia, a un trabajador o a un servidor público.

Vemos riesgos.

Vemos amenazas.

Vemos enemigos potenciales.

Y cuando una sociedad comienza a verse a sí misma de esa manera, todos pierden algo.

Las comunidades pierden tranquilidad.

Las instituciones pierden confianza.

Las ciudades pierden cohesión.

Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea decidir quién tiene miedo y quién no.

Tal vez el desafío sea impedir que el miedo y el enojo se conviertan en los principales arquitectos de nuestras decisiones.

Porque una sociedad no puede construirse únicamente desde la supervivencia.

También necesita esperanza, justicia y confianza para poder vivir.

Y estos son los motivos que generan nuestras decisiones.

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