"Gobernar es prever." La sentencia que solemos atribuir a Benito Juárez no es una frase de ornato: es una obligación de Estado. Los gobiernos que sólo administran el presente terminan hipotecando el futuro. Y pocas decisiones lo revelan con tanta crudeza como la que hoy pesa sobre la aviación mexicana: el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación 2027 propone recortar a la Agencia Federal de Aviación Civil (AFAC) de 657.5 millones de pesos en 2026 a 175.5 millones, una disminución cercana al 73%. En otras palabras, la máxima autoridad aérea del país dispondría de apenas 27 de cada 100 pesos que le fueron otorgados un año antes.
Conviene decirlo sin eufemismos: no se recorta un gasto suntuario. Se recorta a la institución responsable de la certificación, la vigilancia y la inspección técnica de todo el sector. Se recorta el criterio que sostiene cada despegue.
Y no se trata de un ajuste aislado. En el mismo paquete económico, los Servicios a la Navegación en el Espacio Aéreo Mexicano (SENEAM) -la institución que guía cada aeronave por el cielo del país- verían caer su presupuesto alrededor de 76%, hasta unos 926 millones de pesos. Se debilita, al mismo tiempo, a quien certifica e inspecciona y a quien conduce el tránsito aéreo: los dos pilares sobre los que descansa la seguridad operacional. No es contabilidad menor; es el desmantelamiento simultáneo de la columna vertebral técnica de la aviación mexicana.
Volar nunca ha sido únicamente un acto de ingeniería. Es un ejercicio de confianza colectiva. Detrás de cada aeronave convergen instituciones sólidas, conocimiento científico y miles de mujeres y hombres cuya responsabilidad comienza mucho antes de que un avión abandone la pista. Por eso, cuando hablamos del presupuesto de la AFAC y del SENEAM, no discutimos una partida contable: discutimos la calidad de nuestras instituciones y la visión -o la ceguera- de quienes toman decisiones públicas.
La paradoja es difícil de comprender. La AFAC ya operaba con recursos insuficientes; la propia industria y exdirectores estiman que requeriría al menos 2 mil millones de pesos anuales para cumplir cabalmente sus funciones, monto que nunca ha recibido. Financiar lo que se inaugura y se aplaude, mientras se desfinancia lo que sostiene al sistema en silencio, es una vieja tentación de la política mexicana. Jesús Reyes Heroles advertía que, en política, la forma es fondo. Aquí la forma delata el fondo.
La historia, obstinada, ya nos enseñó el costo de esa distracción. El 25 de mayo de 2021 la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA) degradó a México a la Categoría 2 tras auditar a la AFAC y concluir que no cumplía los estándares mínimos de la OACI. Fueron dos años y cuatro meses de operación congelada -sin nuevas rutas ni frecuencias hacia Estados Unidos- hasta que el 14 de septiembre de 2023 recuperamos la Categoría 1. Esa recuperación no fue un milagro: fue trabajo técnico, personal especializado y recursos. Debilitar hoy a las autoridades aeronáuticas, apenas semanas después de que la FAA volviera a evaluarlas en agosto de 2026, es olvidar una lección que ya pagamos cara. No hay política de Estado que sobreviva a esa clase de amnesia.
La aviación también habla del mundo del trabajo. Durante décadas se redujo el sindicalismo -muchas veces de manera interesada- a una discusión sobre salarios y contratos. Esa visión pertenece al siglo pasado. La verdadera agenda laboral del presente se llama capacitación permanente, certificación internacional, salud ocupacional y participación de los trabajadores en la transición tecnológica. Inspectores, verificadores, controladores y técnicos son el primer sistema de protección de millones de pasajeros. Recortar su presupuesto no es un ajuste administrativo: erosiona empleo calificado y seguridad operacional al mismo tiempo. Por eso la Asociación Sindical de Pilotos Aviadores de México (ASPA) advirtió que la medida dejaría a la autoridad en una "situación crítica" y exhortó a la Secretaría de Hacienda y a la Cámara de Diputados a reconsiderarla. No es corporativismo: es responsabilidad.
La aviación no admite improvisaciones. Un error de cálculo en tierra puede convertirse en una tragedia en el aire. La política debería aprender esa lección: con demasiada frecuencia confunde visión con ocurrencia y estrategia con propaganda.
Octavio Paz advertía que toda civilización se define por la manera en que concibe el tiempo. La política mexicana suele pensar en el siguiente titular o en la próxima elección; la aviación está obligada a pensar en décadas. Entre esas dos formas de entender el tiempo se juega buena parte del futuro nacional.
Un país no despega cuando inaugura un aeropuerto. Despega cuando construye confianza, respeta el conocimiento y financia a las instituciones que hacen posible el vuelo. El futuro, decía Juárez a su manera, se prevé; no se improvisa y, mucho menos, se recorta.
Ese, desde luego, también debería ser el horizonte de la política.



