Estoy en la Ciudad de México en lo que para mí es una de las mejores épocas del año, aunque no lo digo por el clima. Mi primera parada es el Mercado de Coyoacán, el barrio donde crecí y, como la gran turista en la que me he convertido, admiro los distintos puestos que ofrecen maravillas de temporada. Guirlandas de cempasúchil, calaveras de azúcar o amaranto, huesitos de pan que saben a azahar, anís, ajonjolí, veladoras que iluminan a los que ya no están y abren el portal que les permite regresar por una noche a festejar y compartir con nosotros los vivos recuerdos, anécdotas, remembranzas. Una gran fiesta entre flores y papel picado en donde los mexicanos celebramos la vida con la muerte como invitada de honor. Guillermo del Toro, cineasta especializado en monstruos y entes raros, lo explica de manera clara y sencilla: “Nadie ama la vida más que nosotros porque estamos muy conscientes de la muerte, así, lo precioso de la vida va junto a la muerte…Todos en este planeta vamos en un tren cuyo destino final es la muerte, así que en el tren vamos a vivir y tener belleza, amor, libertad…Cuando tomas en cuenta lo obscuro para ver la luz estás en la realidad” (YouTube 2023)
A mi abuelo le gustaba la calabaza en tacha, el tequila, los cacahuates y un cigarrito para la buena digestión. Todo esto lo coloco frente a su retrato cuando me organizo lo suficiente para montar la ofrenda de dos niveles -cielo y tierra- en un rincón soleado de la sala de mi casa. Pongo también un poco de sal para el viaje de ida y vuelta y quemo incienso para alejar la mala vibra. Acompañando la foto de mi abuelo están dos urnas pequeñitas que contienen las cenizas de Bill y Ted, mis gatos que en paz descansan desde hace muchos años y como yo han vivido por varias partes del mundo. ¿Macabro? Al contrario. Si bien la palabra puede evocar miedo y repulsión, su origen proviene del francés medieval y la famosa Danse macabre o Danza de la Muerte “…un concepto artístico, literario y musical que simboliza la igualdad universal de todos los seres humanos ante la muerte; los esqueletos invitan a bailar a personas de todo género y estrato social. La muerte es inevitable, tarde o temprano nos alcanza y somos los vivos quienes sufrimos la ausencia de los que cruzan el portal.
¿Qué habrá después? me pregunto, aunque no tengo ninguna prisa por conocer la respuesta. Los budistas, por ejemplo, sostienen que reencarnamos en un nuevo ser quien no por fuerza será humano y, no niego que la idea sea atractiva, pero sigue sin convencerme. Por otro lado, el cristianismo nos invita a seguir una serie de reglas y creencias que al cumplir nos permitirán la entrada al cielo, de no hacerlo nos quemaremos en el infierno que hasta la fecha imagino como un lugar lleno de llamas y torturas horripilantes. Fui a escuela católica, ¿qué se le va a hacer? Por otro lado, todos somos energía que ni se crea ni se consume, sólo se transforma. Muchos científicos famosos no descartan la posibilidad de la existencia de un ser superior a cuya imagen y semejanza fue creado el ser humano: Nikola Tesla, Pierre Teilhard de Chardin, Erwin Schrödinger, Gillermo Marconi, María Montessori. Hace muchos años, en medio de una emergencia médica, sentí que cuando se acaba la vida se acaba todo, punto final. Llámenme hereje si quieren, en el peor de los casos allá en el limbo seguro me toparé con mucha gente conocida.



