—MXN/USD · Banxico

Cuauhtémoc Cárdenas: la primera piedra

Cuauhtémoc Cárdenas: la primera piedra

Actualizado: 29 de Octubre, 2026, 10:07 PM

Los más jóvenes no lo recordarán, pero hubo un tiempo en que los habitantes de la Ciudad de México no podíamos elegir a quien nos gobernaba. El regente llegaba desde Los Pinos. Fue la reforma política de 1996 la que puso fin a aquella desviación democrática.

Cuauhtémoc Cárdenas fue el primer gobernante electo de la capital. Ganó en 1997 con el 48 por ciento de los votos, congregando a organizaciones populares, movimientos sociales y a los huérfanos del sismo. La izquierda –que llevaba décadas intentando trocar la protesta por el gobierno y mirando cómo le escamoteaban victorias– triunfó bajo las siglas de un PRD entonces joven y hoy extinto.

En la victoria del ingeniero confluyeron su popularidad, el agravio de 1988, el hartazgo del priismo y la destreza organizativa de Andrés Manuel López Obrador, entonces dirigente del partido.

La memoria suele detenerse en 1994, el año de la gran sacudida. Fusiles en Lacandona. Los asesinatos de Colosio y a Ruiz Massieu. El error de diciembre. Pero si 1994 fue la expresión más violenta de un régimen exhausto, 1997 fue su parteaguas democrático. Aquel día el régimen perdió el dominio absoluto sobre la Cámara de Diputados, ayuntamientos, gobiernos estatales y, por margen abrumador, la capital del país.

La derrota en la capital fue tan rotunda que el propio Zedillo admitió que al PRI no le habría alcanzado ni con Jesucristo Superestrella.

Aquel año en que México se convirtió en una democracia electoral, Cárdenas recibió una ciudad cercada por el desempleo, la inseguridad, la corrupción y la penuria presupuestal. Un regalo envenenado, lo llamó la crónica. Gobernar resultó menos luminoso que triunfar.

Cárdenas dejó pronto el cargo para buscar –por tercera y última vez– la Presidencia de la República. El desgaste de su Administración –apenas el 41% de los capitalinos aprobaba su gestión– y la cobertura televisiva tras el asesinato de Paco Stanley mellaron su imagen. En 2000 obtuvo apenas 17% de los votos frente a Fox y Labastida.

La primera piedra resistió, aunque el hombre que la colocó se fue difuminando.

Pero, ¿quién dijo que las victorias se revelan de inmediato? William Faulkner escribió que, más allá de la derrota, hay una victoria de la que el triunfador nada sabe.

Para el movimiento progresista, Cuauhtémoc Cárdenas fue Pedro. La primera piedra. El primer hombre en pisar la Luna. Su triunfo de aquel año amarillo demostró que la izquierda podía franquear espacios que parecían clausurados.

Vinieron Zacatecas en 1998 y Baja California Sur y Tlaxcala en 1999. En 2000, Andrés Manuel López Obrador llegó al gobierno capitalino y encabezó una administración con programas sociales pioneros que daban cuerpo a las aspiraciones más hondas de Cárdenas: la opción preferencial por los pobres.

El sueño del ingeniero sobrevivió, aunque ya no fuera de su mano.

A Cuauhtémoc Cárdenas lo individualizó su carácter. Vivió a las sombra de dos colosos –su padre, Lázaro Cárdenas, y su compañero de luchas, Andrés Manuel López Obrador– sin que su silueta se desdibujara en la penumbra. No aceptó ser remedo del primero ni prolongación del segundo.

Con López Obrador, Cárdenas mantuvo una relación de cercanías y distancias, de coincidencias y discrepancias. El ingeniero, de temperamento contenido, era reservado en el trato. El licenciado, cercano y carismático. Uno pesaba cada palabra; el otro dispara con ellas. Rivalizaron por el liderazgo, pero no se alejaron demasiado en agenda.

El periodista Álvaro Delgado recoge una confesión de López Obrador sobre aquella rivalidad: “Me le atravesé al ingeniero, a quien respeto por su estatura moral. Lo entiendo. Si yo hubiera estado en su lugar y alguien se me atraviesa, hubiera preferido irme a dar clases a una preparatoria en Macuspana. El ingeniero ha actuado con mucha responsabilidad”.

Andrés Manuel afirmaba que él no se iba a pelear con la historia.

Cárdenas era la historia. Historia sin la cual no se entiende la suya.

La muerte del ingeniero ha desatado una oleada de merecidos homenajes. Algunos llegan desde sectores que antes lo combatieron.


El príncipe ha muerto.

Cuauhtémoc Cárdenas vivió lo suficiente para ver que aquella izquierda que ayudó a llevar al gobierno de la capital terminaría gobernando buena parte del país. No todo lo que vino después fue obra suya ni todo le gustó.

El ingeniero alcanzó a conocer un país que, sin ser igual al que imaginó, había comenzado a parecerse al que tanto quiso. Un país que defiende a los más pobres, que reivindica su soberanía, que recupera el papel del Estado en la economía y que combate los privilegios.


Los cocuyos son insectos tropicales cuyo caparazón sigue brillando un buen tiempo después de que el bichito muere. Algo semejante ocurre con los hombres y con las causas a las que entregan su vida.

Descanse en paz.