Estimado maestro Max:
Hace casi un siglo usted describió una escena que seguimos representando: un pueblo deposita su confianza en un líder y, una vez elegido, escucha de él una orden sencilla: "Cállense y obedezcan". Usted la formuló como una advertencia sobre la política de masas y sus herederos la convirtieron en un método de gobierno que a la fecha se repite "ad nauseam".
Le escribo desde un México en el que ese método que usted definió se aplica con una naturalidad que no provoca escándalo… y eso escandaliza. Hace unos días me preguntaron, durante una reunión universitaria, qué era lo que más me molestaba del gobierno en turno. No supe responder de inmediato. Tuve que detenerme a pensarlo. Otros sí respondieron sin vacilar: les indignaba que el gobierno negara, a toda costa, las tragedias y los asesinatos cometidos por el crimen organizado a lo largo y ancho del país. Les repugnaban la hipocresía y la superioridad moral de quienes denuncian la corrupción de ayer mientras encubren la de hoy. Qué trágico. Si nos atenemos a lo que los medios de comunicación y las acciones de los actores políticos nos permiten reconocer, este es el sexenio de la hambruna: el de políticos famélicos que se sueñan obesos. Pero usted, maestro, sabría que no estamos ante un simple fracaso administrativo; es el sistema del Poder funcionando, con demasiada frecuencia, de acuerdo con su diseño.
Usted sabría, también, que no todo conflicto prolongado obedece a un cálculo electoral limpio. A menudo es el residuo de vetos cruzados, de un Estado con poca capacidad y de costos que nadie quiere asumir en el plazo de una elección. Nombrar la violencia con cifras, territorios y responsables no siempre se omite porque mejor convenga: a veces se omite por captura, por miedo o por simple incompetencia, y solo después esa opacidad se presenta como narrativa. Confundir lo uno con lo otro absuelve demasiado pronto a quienes pudieron actuar de otro modo y no lo hicieron.
Y también sabría que no toda obediencia es la misma. Una deuda, un contrato o un algoritmo exigen sumisión, y en ellos reconocería usted poder impersonal; pero no poseen el monopolio de la violencia ni la facultad de reescribir la ley. Pero lo que me interesa contarle es que la política contemporánea, a nivel global, se ha agotado en la disputa interminable entre la derecha y la izquierda: dos corrientes que se presentan, una frente a la otra, como remedio para los errores de su adversaria.



