Domingo Cultural

Resistencia cultural frente al odio al inmigrante

Refugiados apaleados en las fronteras, extranjeros señalados por los políticos, racismo cotidiano en el trabajo y en la calle. Libros, cómics y películas combaten la deshumanización del ‘otro’
  • Por: María Martín
  • 09 / Marzo / 2025 -
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Resistencia cultural frente al odio al inmigrante

Ilustración de interior de libro de Nadia Hafid Mal olor.

El mundo se hunde en el discurso de odio hacia los inmigrantes. Pero la cultura contraataca. En estos días en los que la derecha más reaccionaria copa el poder, cada vez más creadores levantan historias y retratan personajes que reflejan con realismo y sin condescendencia los éxodos que marcan nuestra era y a quienes los protagonizan. ¿Por qué de repente este asunto interesa a tantos artistas? Una de las tácticas del discurso de odio actual es despojar a los inmigrantes de humanidad. ¿Consiguen estas obras devolvérsela?

Cuando el dibujante francés Fabien Toulmé comenzó a bocetar la vida de Hakim, un refugiado sirio que huía de la guerra, no aspiraba a contribuir a ninguna causa. Pretendía simplemente explorar el género de la entrevista en sus cómics y, sobre todo, quería indagar en una contradicción que experimentaba él mismo: por qué le eran indiferentes los miles de náufragos que morían en el Mediterráneo y, a la vez, no podía apartar la vista de la televisión ante un accidente de avión europeo en los Alpes en 2015. “Quise entender por qué alguien se lanza al mar, si yo sería capaz de hacerlo…”, cuenta Toulmé. Y aquel proyecto de tebeo con el que quiso conocer a esos refugiados a los que se presenta siempre de una forma tan descarnada y anónima acabó convirtiéndose en una trilogía de más de 900 páginas.

En La odisea de Hakim (Bruguera, 2022), Toulmé retrata cómo la vida de un joven sirio, moderno, con casa, familia, trabajo y sueños se convirtió en un viaje forzado y traumático. “Sé que gracias a la novela hay lectores que ya no ven igual a los inmigrantes que se cruzan por la calle, lectores que han tomado conciencia de lo que quiere decir abandonar tu país”, cuenta. Es decir: han humanizado y han convertido en algo palpable y concreto lo que hasta ese momento era un problema abstracto y, por lo tanto, lejano. “Contar historias es acercarse a personas con las que normalmente no nos cruzaríamos. El miedo y los prejuicios impiden el acercamiento; la literatura y el teatro lo hacen posible”, explica.

La novela gráfica ha vivido su propia eclosión en los últimos años y se ha convertido en un soporte ideal para retratar la complejidad de estas historias, del drama que supone no solo irse, sino llegar. Welcome to the New World (Bloomsbury, solo disponible en inglés) es otro de los cómics que retratan una era. Sus autores, Jake Halpern y Michael Sloan, ganaron un Pulitzer contando el reasentamiento de dos familias sirias en Estados Unidos durante la primera victoria de Trump. Su mérito consiste en ilustrar de forma esclarecedora la adaptación a un país extraño, la burocracia convertida en laberinto, la ansiedad de aprender un nuevo idioma, la presión por encontrar trabajo mientras se cuida de un hogar, la mirada acusatoria de tus vecinos, el miedo a las amenazas… Pero Halpern y Sloan no solo tratan el racismo, el aislamiento y la depresión, sino también la apertura y amabilidad de muchos que se cruzaron en el camino de los protagonistas.

La variedad de títulos se ha multiplicado y las obras se ocupan de lo que pasa después de haber saltado una valla, una frontera o de haber cruzado el Mediterráneo en una barca. El racismo, las raíces, el sentido de pertenencia a un país de origen que los padres tienen claro pero los hijos no o los conflictos de identidad son temas cada vez más comunes en la nueva producción literaria. Y, en su mayor parte, son abordados por autoras españolas de padres extranjeros.

Un ejemplo: en Mal olor (Apa Apa), Nadia Hafid retrata una empresa compuesta exclusivamente por mujeres donde todo es de color de rosa hasta que se detecta un mal olor que acabará dirigiendo todas las miradas (racistas) hacia una trabajadora en concreto, la única que no es blanca. “Me incomoda seguir viendo en series y películas el relato de la experiencia del otro, como si no tuviese que ver con nosotros, cuando no es así”, reflexiona la autora. Hafid trabaja a conciencia la complejidad de sus personajes, la clave para que resulten humanos. Otro ejemplo de la misma autora, El buen padre (Sapristi), ilustra la historia de cómo una familia se descompone con el alcoholismo de un padre marroquí sin arraigo y sin empleo durante la crisis del ladrillo en los noventa. Hafid huye de encasillar a su protagonista. “Era fundamental no hablar de él como el buen o el mal migrante, quería una complejidad, una escala de grises que retratase no la vida de un extranjero, sino la vida de una persona en concreto, con sus complejidades”, recuerda. “En el cómic lo vemos fallar y actuar mal, y esa es la manera de conectar con el personaje”.

El odio se extiende a toda velocidad por los mapas y las redes, por los bares y los despachos presidenciales. En España, por ejemplo, Vox ha conseguido que cale un mensaje con el que el español se siente amenazado: el de fuera quizá no te quita el empleo, pero te robará tu identidad, tus ayudas y hasta tu médico. En Estados Unidos: Trump, a base de deportaciones masivas y de amenazas, ha provocado que los niños hijos de los inmigrantes dejen de ir al colegio por miedo a ser expulsados junto a sus padres. Y en cualquier sitio del mundo: porque en cualquier sitio del mundo siempre habrá un los otros. Lo describía Marta Peinado en una columna publicada en EL PAÍS en 2023: “Las nuevas campañas están diseñadas para deshumanizarnos en masa, castigando cualquier manifestación de compasión por el grupo equivocado”.

Hay terroríficos ejemplos de esas campañas de odio. El estreno de Green Border, una película que nos lleva a la fría frontera de Bielorrusia con Polonia, despertó una oleada de insultos y amenazas contra la directora polaca Agnieszka Holland. La aclamada guionista, que dirigió episodios de The Wire o House of Cards, había osado esta vez retratar la brutalidad de los guardias fronterizos al acosar y apalear a padres, madres, abuelos e hijos de refugiados, a testimoniar la crudeza de un sistema, el europeo, que deja a la gente morirse de hambre y frío o desangrados entre la maleza. “Vergonzosa, repulsiva y asquerosa”, la definió Jaroslaw Kaczynski, el poderoso líder del partido ultraconservador y xenófobo Ley y Justicia (PiS).

El filme de Holland no solo expone la Europa donde ya no hay límites para frenar a sirios y afganos que huyen del horror, sino que se adentra en la intimidad de esas familias refugiadas, en sus pérdidas, en sus broncas y en sus miserias. “Me he dado cuenta en los coloquios posteriores a las proyecciones de que Green Border sirve como terapia colectiva, porque querían hablar de temas humanos y no cinematográficos. Es la primera vez en mucho tiempo que he sentido que una película tenía un sentido más allá de lo cinematográfico o de lo estético”, contó la autora en una entrevista a EL PAÍS en octubre de 2023.

La última edición de Cannes se rindió al actor y mecánico guineano Abou Sangaré, que se llevó el premio al mejor actor de la sección paralela Un Certain Regard por su papel en La historia de Souleymane. Sangaré, que brilla en su interpretación de un repartidor de comida sin papeles que ensaya compulsivamente la historia falsa que contará a la agencia de asilo, no estaba tan lejos de su personaje. A pesar de los siete años que lleva viviendo en Francia, de su éxito profesional, de estampar con su cara las portadas en los periódicos, de sus vínculos con el país, solo consiguió su permiso de residencia en enero. A la cuarta intentona. Ni su éxito ni su talento han impedido que la ultraderecha francesa exija la deportación sistemática de inmigrantes en situación irregular.

Esa intoxicación política y la propia actualidad desalienta a autoras como Quan Zhou. “¿Qué pueden hacer mis novelas contra el alcance de estas noticias que hablan del último violador de tal nacionalidad o contra esas películas ganadoras de premios que retratan la migración y la frontera llenas de sesgos y racismo a pesar de contar con todos los medios para eliminar prejuicios?”, se pregunta la artista de origen chino que en 2023 publicó La agridolce vita, su cuarta novela gráfica. En ella relata las peripecias de una mujer asiática que viaja sola fijándose en el mundo que la rodea y cómo ese mundo que la rodea la ve a ella.

Zhou no explora la inmigración —”yo no soy inmigrante”—, sino la violencia contra las diásporas, los estereotipos y el racismo. Y reivindica más lugares para hablar dxe ello. “Vemos la fetichización y una romantización de la experiencia y de las identidades de personas migrantes y racializadas, y hay un salvadorismo blanco tremendo”, señala. “Esto de dar voz…, yo ya tengo voz, lo que necesito es que me cedas un espacio, que me dejes entrar para que cuente mi historia, pero siempre es más fácil abrirle ese espacio a alguien que se apellide García y no Zhou, porque García hará una historia que le guste a la gente blanca”.

Aun con motivos para el pesimismo, ese espacio se va agrandando poco a poco. La quinta edición del Premio de No Ficción Libros del Asteroide dio como ganador al escritor de origen chino Minke Wang por su obra Voces de ultramar. A la final llegaron cuatro proyectos relacionados con la experiencia migratoria.

El cine también ha hecho su apuesta. Ya no se trata de pequeños documentales, sino de grandes superproducciones, y algunas han llegado (o casi) hasta los Oscar. Flee, el periplo de un afgano homosexual que huyó de los talibanes en los ochenta, optó a la mejor película internacional, al mejor documental y a la mejor animación. Otras casi lo lograron, como Yo, capitán, de Matteo Garrone, un director que saltó de Gomorra y Pinocho al Mediterráneo con una historia que es también muy italiana: la de las salvajadas a las que se somete a los migrantes en Libia antes de que logren llegar al país alpino. “Ellos son los únicos portadores de una épica contemporánea”, dice Garrone, cuyo pecado es quizá precisamente el de hacer espectáculo de la épica de un viaje terrorífico y no detenerse ni un minuto a señalar la responsabilidad de Europa.

Con 88 años, el director británico Ken Loach decidió dedicar su última película al racismo contra los refugiados sirios en un pueblo de clase obrera del noroeste de Inglaterra. El viejo roble relata una historia de pobres contra pobres con algún halo de esperanza.

El boom puede verse en el catálogo de Filmin, donde bajo el tag inmigración hay centenas de títulos. “Desde 2016 hemos prestado atención a estas obras”, dice Jaume Ripoll, cofundador de la plataforma. “Es una temática recurrente porque es una cuestión recurrente. Los cineastas abordan los conflictos y me parece pertinente que les demos visibilidad”, explica.

La apuesta no deja de ser arriesgada porque no siempre cosechan éxitos de taquilla. En España, Benito Zambrano se atrevió con El salto, un relato crudo de lo que supone encaramarse a las vallas de Ceuta y Melilla, esas que vemos siempre tan lejanas y desprotegidas. El filme de Zambrano conmovía porque, por fin, mostraba los rostros y los motivos de tantos inmigrantes invisibles que ocupan con frecuencia algunos segundos del telediario. Señalaba además a los villanos, pero su historia no conquistó al gran público y salió demasiado pronto de los cines. “Contamos más estas historias ahora porque en los últimos tiempos el fenómeno es tan bestial y tan dramático que ha despertado mucho interés”, mantiene Zambrano. El problema, reflexiona, es que determinadas temáticas que abordan la realidad de “negros, pobres, musulmanes” intentando llegar a Europa no “interesan a priori al gran público”.

Así que el mundo se hunde en el discurso de odio y de deshumanización hacia los inmigrantes, pero la cultura acude al rescate. Llevo seis años cubriendo migraciones para EL PAÍS. Y he constatado el resultado concreto de esa deshumanización: una vez, el hijo de un pescador canario que acompañaba al padre a recoger sus redes en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria) en la época en la que el Gobierno de Pedro Sánchez almacenaba migrantes en el muelle me preguntó, indignado, que por qué “esa gente no se quedaba en su casa”, que nadie los había llamado. Era un niño de 11 años. Por esa época, también en Gran Canaria, la policía tuvo que movilizarse para evitar que los vecinos de los barrios más pobres apalearan con barras de hierro a los marroquíes que se cruzaban por la calle.

La deshumanización justificó el genocidio de los judíos, el de los tutsis en Ruanda, la masacre de los bosnios musulmanes en Srebrenica, la de los palestinos en Gaza y las que vendrán después. Pero no hace falta llegar tan lejos. La violencia contra los inmigrantes, como la encarnada por Trump o la que subyace en la quema de mezquitas y hoteles de solicitantes de asilo que vimos en el Reino Unido el pasado mes de agosto, es posible porque a las víctimas de esa violencia se las ha convertido ya en enemigos: enemigos de nuestra identidad, de nuestras mujeres, de nuestro sistema de bienestar, de nuestra religión… La historia no se repite, pero se parece mucho.

Resistencia cultural frente al odio al inmigrante

Fotograma de 'Green Border' (2023), de Agnieszka Holland.

Resistencia cultural frente al odio al inmigrante

Ilustración del interior del libro 'La agridolce vita', de Quan Zhou.

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