Sin maíz no hay país… pero México cada vez importa más

Dicen que, sin maíz, no hay país; pues con tanta importación, ya tenemos menos nación.
Hoy estamos abandonando a los productores y nos estamos convirtiendo en importadores, el problema no es que México no sepa producir alimentos, al contrario: el campo mexicano ha sido potencia mundial. El problema es que al campo recientemente le quitaron herramientas básicas -crédito, coberturas, certidumbre, sanidad, seguridad- y por ello no sorprende que hubiera menos siembra, más quejas y menos maíz mexicano.
En 2018 México producía el 62% del maíz que consumía; para 2026 se proyecta que produzca apenas el 52%. Y el problema no se queda en el maíz: en granos y oleaginosas, la autosuficiencia cayó a alrededor de 44%. Cada vez hablamos más de soberanía alimentaria, sin embargo, nuestra dependencia al exterior va en aumento.
De esto platiqué con Mario Zamora en mi podcast En Blanco y Negro, que puedes ver completo en youtube.com/watch?v=WqlmwPK8g5k La conversación deja una idea muy clara: el campo mexicano no es el problema, sino que en realidad puede ser una gran solución. Pero si a un productor le quitas financiamiento, le quitas apoyo para protegerse de los precios, encareces los costos, lo dejas solo ante la inseguridad y además le dices que se conforme con discursos, claramente no se puede esperar el mejor resultado.
Hay una confusión en el gobierno: creer que política social y política productiva son lo mismo. Apoyar al campesino más pobre es justo y necesario, nadie está diciendo lo contrario, pero una cosa es ayudar a quien siembra para autoconsumo y otra muy distinta es producir el maíz, el tomate, el chile, el aguacate y los alimentos que llegan todos los días a la mesa de millones de familias. No puedes llenar una bodega nacional con cubetas mientras dejas abandonados los camiones que sí podían cargar toneladas. Si todo el apoyo del gobierno se reduce a apoyos para la subsistencia, se desmorona la productividad.
Esto ya se siente en el bolsillo: entre abril de 2018 y la primera quincena de abril de 2026 el precio promedio del kilo de tortilla pasó de 15 a 24.2 pesos, un aumento de 61%; incluso en ciudades del norte, como Hermosillo, llegó a verse hasta en 35 pesos.
Mario lo explicó con una comparación que debería estar pegada en la puerta de la Secretaría de Agricultura. Si un productor pequeño pasa de producir media tonelada de maíz por hectárea a dos toneladas, suena a gran logro. Y para él puede serlo, pero para alimentar al país eso no alcanza. En cambio, en zonas como Sinaloa hay productores que rondan las 13 toneladas por hectárea, y algunos llegan a 16 o 17. La productividad no es clasismo agrícola, es aritmética: si una hectárea produce media tonelada y otra produce 13, no puedes diseñar la misma política para ambas.
Además, hay que romper otro mito. No todo productor comercial es un villano con rancho infinito y explotación a trabajadores. Muchos son ejidatarios, hijos de ejidatarios, familias de clase media rural que durante años invirtieron, compraron tractores, aprendieron a producir mejor y sacaron adelante a sus hijos con 50, 100 o 200 hectáreas. Hoy muchos están vendiendo maquinaria, sembrando menos o de plano dejando tierras sin trabajar, porque producir sin crédito y sin certeza es como salir a carretera sin gasolina y con las llantas bajas.
Antes existían instrumentos que ayudaban a que el campo comercial funcionara. La Financiera Rural no era perfecta, pero servía. Había créditos con una tasa fija de 7%, agricultura por contrato, coberturas e ingreso objetivo. No era magia, era arquitectura institucional. El productor ya tenía suficientes riesgos con el clima, las plagas y los precios internacionales; el gobierno ayudaba a quitarle una parte de la incertidumbre. Como recordó Mario, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo nos copiaron nuestro modelo para replicarlo en otros países. Hoy, en cambio, le dejaron todas las tormentas juntas al productor y todavía le preguntan por qué protesta.
En Sinaloa, la Financiera Rural llegó a habilitar cerca de 280 mil a 300 mil hectáreas de maíz, con cartera vencida menor al 1%. Es decir, la gente pagaba sus créditos, no era dinero regalado ni una denigrante compra de votos o programa clientelista. Era un sistema que tenía lógica: crédito, organización, contrato, cobertura, cosecha y pago. El crédito no vuelve bueno a un mal negocio, pero puede volver enorme a un buen negocio que ya existe, y con ello mejorar la vida de los mexicanos. En el campo mexicano hay muchísimos buenos negocios que hoy se están apagando por falta de oxígeno, por falta de apoyos reales. La contradicción es enorme. Se presume soberanía alimentaria, pero México importa cada vez más maíz de Estados Unidos.



