Columnas - Roberto Velasco

Pasar la página sin arrancarla

  • Por: ROBERTO VELASCO
  • 30 JUNIO 2026
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Pasar la página sin arrancarla

Los desafíos que tenemos delante nos recuerdan la necesidad de una mayor cooperación, y reclaman una voz iberoamericana proactiva

Pocas relaciones cargan con tanto pasado como la de México y España. Pocas, también, con tantas páginas todavía por escribir. La visita a México del rey Felipe VI es el punto de encuentro en un mismo camino que ambos países hemos recorrido recientemente. México declaró el 2025 como Año de la Mujer Indígena, al tiempo que la mayor exposición de arte prehispánico jamás reunida en España —“La mitad del mundo”, dedicada precisamente a la mujer en el México indígena— se exhibía este año en Madrid. No es casualidad que el rey Felipe VI la visitara en persona, ni que el Museo Nacional de Antropología recibiera el Premio Princesa de Asturias. Hay en ambos lados del Atlántico una voluntad común de tender puentes, de reflexionar al mirar atrás —una mirada que engrandece—, pero también de imaginar y construir un mejor porvenir.

Las culturas originarias de México están vivas en las decenas de lenguas indígenas que hoy se hablan en nuestro país, en las comunidades que las sostienen y en las manos que tejen una identidad ancestral anclada en el presente. No es una herencia que se guarde: se lleva puesta. Durante la firma del Acuerdo Global Modernizado con la Unión Europea, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, portó un rebozo que le habían regalado mujeres indígenas mexicanas.

Reconocer esa grandeza supone también mirar la historia completa, con su luz y sus sombras. España ha dado pasos claros en esa dirección. México valora esos gestos al tiempo que hace lo propio: en 2021 ofreció su perdón al pueblo maya por cinco siglos de agravios, y poco después al pueblo yaqui por los crímenes durante el Porfiriato. No se trata de reescribir la historia, sino de verla con templanza: reconocer engrandece a quien lo hace —y no al revés.

El vínculo entre México y España es uno de los más fecundos que existen en el mundo. De aquel encuentro nació una lengua común que hoy hermana a casi seiscientos millones de personas, y con ella una literatura que es universal: de Sor Juana Inés de la Cruz a Rosario Castellanos, de Calderón de la Barca a Carlos Monsiváis. Al mirar atrás nuestra historia común recordamos también que, cuando España libró una guerra civil y cayó en dictadura, México abrió sus puertas al exilio republicano. Llegaron científicas, médicas, editoras, poetas y maestras que fundaron casas de estudio, editoriales y revistas y ayudaron a edificar instituciones que todavía hoy son patrimonio de las y los mexicanos.

Esa es la base sobre la que queremos construir. Dos democracias modernas no pueden conformarse con honrar el pasado: tenemos la obligación de proyectarnos hacia adelante. En ese sentido, México estrechó este año con el Centro Nacional de Supercomputación en Barcelona una colaboración científica para impulsar a Coatlicue, la supercomputadora más potente de América Latina. Y el Acuerdo Global, que fortaleció el acceso de nuestras empresas a uno de los mayores mercados del mundo, encuentra en España a su socio natural: la puerta por la que México se asoma a Europa.

Los desafíos que tenemos delante nos recuerdan la necesidad de una mayor cooperación. La crisis humanitaria en Cuba o los recientes sismos en Venezuela reclaman una voz iberoamericana proactiva y solidaria. El castellano, nuestra patria compartida, merece ser cuidado y promovido en cada rincón del mundo, porque una lengua es la casa de quienes la hablan. La emergencia climática o la regulación efectiva de las nuevas tecnologías no entienden de fronteras: debemos enfrentarlas conjuntamente.

En noviembre, Madrid acogerá la XXX Cumbre Iberoamericana, 35 años después de que la primera se celebrara en Guadalajara. Un círculo se cierra y otro comienza. México llegará a esta cita orgulloso de sus culturas milenarias, fiel a su memoria y, a la vez, dispuesto a tender puentes. Como ha dicho la presidenta Sheinbaum, vivimos un momento completamente distinto. Pasar la página no significa arrancarla. Significa seguir escribiendo, a cuatro manos, el gran libro común que nos hermana.


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