Columnas - Antonio López Vega

La grieta entre lo real y lo ideal

  • Por: ANTONIO LÓPEZ VEGA
  • 24 JULIO 2026
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La grieta entre lo real y lo ideal

Cuenta Carlos Salinas de Gortari en México. Un paso difícil a la modernidad (2000) que el origen de las Cumbres Iberoamericanas surgió de una conversación que mantuvo con el entonces rey Juan Carlos I, en la que el monarca le planteó su voluntad de invitar a todos los jefes de Estado iberoamericanos con ocasión del quinto centenario del encuentro entre el mundo europeo y americano.

“No creo que sea posible acudir a una cita que pudiera dar la impresión de un cónclave del rey y sus vasallos”, afirmó el presidente mexicano, haciendo notar con sutil agudeza y toda contundencia que dicho encuentro, de producirse, requería el necesario tacto y sensibilidad ante una realidad histórica compartida que, más allá de los indudables beneficios que trajo consigo, también había dejado en la memoria colectiva americana el recuerdo doloroso que conlleva el abuso consustancial a todo sometimiento e imposición.

Salinas, que entonces estaba llevando a cabo una intensa labor diplomática que buscaba, no solo una solución razonable al problema de la deuda externa mexicana, (algo de lo que se beneficiarían otros muchos países en la región), sino un reposicionamiento de México en el escenario internacional de la posguerra fría, vio entonces la oportunidad de ambicionar algo de mayor alcance y propuso al monarca la celebración de una Cumbre Iberoamericana en México.

Hoy hace exactamente 35 años se celebró dicho encuentro en Guadalajara, perla tapatía jalisciense. Asistieron los 23 jefes de Estado o de Gobierno de las 21 naciones iberoamericanas. Junto a ellos, la presencia del secretario general de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar; de la OEA, João Baena Soares, así como Federico Mayor, Enrique Iglesias y Gert Rozental, directores generales de la UNESCO, el BID y la CEPAL, respectivamente, visibilizó la fortaleza de los liderazgos iberoamericanos en el escenario multilateral que parecía gozar de una nueva oportunidad tras la caída del Muro de Berlín.

Como entonces señaló con indudable ironía Fidel Castro, se había hecho realidad la reunión que “soñó hacer Simón Bolívar y que terminamos haciendo con el Rey de España”.

La legendaria hospitalidad del pueblo tapatío y el monumental escenario donde se llevó a cabo la reunión, el Hospicio Cabañas, hicieron el resto. Los 53 murales de José Clemente Orozco, que representan la vida mexicana desde los momentos prehispánicos hasta el choque entre indígenas y españoles, eran el marco simbólico perfecto para subrayar lo que allí se quería impulsar.

La cúpula que corona el conjunto, el sobrecogedor y colosal hombre en llamas, representa, según la interpretación más extendida, al ser humano americano que, tras la conquista y la opresión y violencia consiguiente, se consume y se transforma a través del conocimiento para adueñarse de su futuro en libertad. La Declaración de Guadalajara, que surgió de aquel foro, reafirmaba los principios de soberanía, no intervención, democracia y derechos humanos como base de la comunidad iberoamericana. Fijaba también una amplia agenda de cooperación que tenía como eje fundamental el área educativa y cultural (ese conocimiento que inspiraba el mural del Orozco a través del cual conquistar el futuro en libertad).

Junto a él, se planteaban objetivos económicos (integración regional, alivio de la deuda externa, lucha contra la pobreza), de seguridad (combate al narcotráfico), protección del medio ambiente o de atención a los pueblos indígenas.

Una cuestión en absoluto menor fue buscar una posición conjunta en defensa del derecho internacional en foros internacionales; téngase en cuenta que sentados a la mesa estaban, además de los ya citados Carlos Salinas de Gortari o Juan Carlos I, personalidades tan distintas y distantes como Alberto Fujimori, Fidel Castro, Felipe González, Mario Soares, Fernando Collor de Mello, Carlos Menem, Luis Alberto Lacalle, Patricio Alwyn, César Gaviria, Carlos Andrés Pérez, Joaquín Balaguer o Violeta Chamorro, entre otros.

El encuentro iba a tener lugar de manera anual en adelante: las tres siguientes ediciones se llevarían a cabo en España en 1992, Brasil en 1993 y Colombia en 1994. Los resultados fueron, obviamente, desiguales y, con el inicio del milenio, sobre todo a partir de los estragos que generó la crisis de 2008, los diferentes proyectos de cooperación fueron perdiendo fuerza poco a poco.

Cada vez asistían menos mandatarios y los resultados concretos y medibles derivados de las declaraciones finales resultaron escasos. Se trató de revitalizar el foro con el informe Lagos emanado a partir de la Cumbre de Panamá (2013). No se logró.

Desde 2014, mutó su carácter en bianual y la ausencia de ambición en los liderazgos, el retroceso en la fortaleza del Estado de Derecho y de los parámetros democráticos en nuestros países no han sido los mejores compañeros de viaje para esta reunión ante el creciente (des)orden mundial al que asistimos en el último lustro.

El próximo mes de noviembre tendrá lugar la XXX Cumbre en Madrid. En el contexto de la lucha entre Estados Unidos y China por la hegemonía mundial, se presenta una nueva oportunidad para hacer oír unida la voz de los pueblos iberoamericanos.

La cita interpela especialmente a la vocación de liderazgo en la región de Brasil y México, hoy eje de la transición geoestratégica mundial del Atlántico hacia el Pacífico y especialmente expuestas, la primera por sus vínculos económicos con China y la cita electoral del próximo otoño, y la segunda, por la recurrente amenaza de la administración estadounidense contra la renegociación del T-MEC, haciendo valer la interdependencia económica entre ambos países (sin duda desigual, pues alrededor del 30% del PIB mexicano depende de sus exportaciones a Estados Unidos, según datos de 2025).


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