Columnas - Artículo de fondo

Cuba, ¿la siguiente?

  • Por: SOLANGE MÁRQUEZ E.
  • 10 ENERO 2026
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Cuba, ¿la siguiente?

“He tenido muchas ofertas para ir a Cuba con propuestas de negocios, inmobiliarios y otros negocios, y las he rechazado sobre la base de que iré cuando Cuba sea libre”, esto decía Donald Trump en 1999 en Miami, mientras coqueteaba con una candidatura presidencial. Veintiséis años después, aquella frase importa porque el escenario que la hacía retórica hoy se parece peligrosamente a una posibilidad concreta.

En 2025, Venezuela envió a Cuba la menor cantidad de crudo desde que comenzó a subsidiar a la isla: apenas 27 mil barriles diarios (bpd) entre enero y noviembre. La cifra ya representa una caída significativa respecto de 2024, pero resulta dramática si se compara con los picos de 2011-2012, cuando los envíos alcanzaron los 100,000 bpd y cubrían entre 55 y 60% del consumo total de petróleo de la Isla.

Esa dependencia estructural del crudo venezolano es clave para entender la magnitud del problema. Sin ese suministro, el sistema eléctrico cubano, ya de suyo frágil, queda expuesto. Tras el operativo de captura de Nicolás Maduro y su traslado a Estados Unidos, los envíos desde Venezuela se han detenido. El resultado es una Cuba al borde de un colapso energético, con apagones de hasta 12 horas diarias, en un contexto social ya marcado por escasez, inflación y descontento. Y aunque México mantiene un flujo limitado (entre 12,000 y 19,000 barriles diarios en 2025), se trata de un paliativo insuficiente que no compensa ni de lejos la pérdida del petróleo venezolano.

Sin el respaldo de Caracas, y sin un apoyo significativo de Rusia o China, Cuba enfrenta sola una crisis de gran magnitud. Ni Moscú ni Pekín parecen dispuestos a ir más allá de la retórica: ambos están concentrados en sus propios frentes, Ucrania en el caso ruso, la desaceleración económica y la rivalidad con Washington en el caso chino, y no ven en Cuba un activo estratégico que justifique mayores costos económicos o políticos. Si la crisis se profundiza como parece que ocurrirá, podría marcar el principio del fin del régimen castrista en el poder desde 1959, aunque el desenlace está lejos de ser automático.

Para Trump, una eventual caída del castrismo sería un triunfo histórico. Significaría poner fin a un régimen abiertamente hostil a Estados Unidos y aliado de sus adversarios, y al mismo tiempo demostrar avances concretos en la Estrategia de Seguridad Nacional presentada en noviembre pasado, cuya prioridad es reforzar la influencia estadounidense en el hemisferio occidental. 

La detención de Maduro en su propio territorio abrió a la administración Trump una ventana estratégica: limitar la influencia rusa tanto en Venezuela como en Cuba y enviar al mundo un mensaje inequívoco de que la Doctrina Monroe 2.0 va en serio. No se trata de “reservar” América Latina para Estados Unidos en términos absolutos, sino de consolidar áreas de influencia estratégica clave. Venezuela es el primer eslabón: en cuestión de días, los acuerdos económicos anunciados por Trump en redes sociales dejaron claro que el país dejaría de ser un proyecto de socialismo bolivariano confrontacional para convertirse en un régimen funcional a Washington. Parte de esa supervivencia política pasa, inevitablemente, por cortar el suministro de crudo a Cuba.

Sin Cuba como plataforma, Rusia puede perder un aliado geopolítico relevante, tanto en el plano militar como en el de las rutas comerciales. Al mismo tiempo, la Casa Blanca gana una poderosa narrativa doméstica: el fin de 66 años de dictadura castrista sin intervención militar directa ni incluso un endurecimiento del embargo. Ese relato podría asegurar, al menos temporalmente, el respaldo político y electoral de la diáspora cubana en Estados Unidos. 

Por supuesto, nada de esto está exento de costos. Un colapso acelerado en Cuba implicaría consecuencias humanitarias inmediatas, nuevas olas migratorias y riesgos de desestabilización regional que Washington tendría que administrar. Sin embargo, desde la lógica de poder de Trump, el orden de prioridades es inequívoco: primero la caída del régimen, luego —si acaso— la estabilización, sin que ello suponga necesariamente una transición democrática, como lo demuestra el modelo que hoy se perfila en Venezuela.

En aquel lejano 1999, Trump culminaba su discurso ante la Fundación Cubano-Americana (CANF) que hoy tiene ecos preventivos. Trump aseguraba que si estuviera frente a Castro en ese momento tendría solamente dos palabras para él “Adiós, amigo”.


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