Columnas - Viri Ríos

Cómo Ayuso arruinó a la derecha mexicana

  • Por: VIRI RÍOS
  • 10 MAYO 2026
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Cómo Ayuso arruinó a la derecha mexicana

El conservadurismo mexicano torpemente abrazó una agenda política que desdeña a la mayoría de sus votantes

Que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, haya visitado México para vindicar la conquista y exaltar a Hernán Cortés no es sorpresivo. Una base no trivial de la derecha española se enciende con la idea del imperio perdido, su presunta gesta civilizatoria y su pretendida paternidad del México mestizo.

Lo que sí sorprende es que la derecha mexicana haya abrazado semejante agenda, perdedora casi por naturaleza, como si fuera una de sus causas propias.

A Ayuso, hablar de las bondades de la conquista la empodera; a la derecha mexicana, la arruina.

Los datos son contundentes. La primera cosa que viene a la mente a los mexicanos cuando piensan en la conquista son las enfermedades, la esclavitud, el robo de recursos y la muerte. Apenas el 9% la vincula con la modernización o los aprendizajes. Más aún, de acuerdo con un estudio de opinión de Mitovsky, el 89% de los mexicanos concibe a Hernán Cortés como un villano, no un héroe. El 78% guarda una mala opinión de él, lo que lo convierte en la figura histórica más detestada del imaginario mexicano. Es decir, la concepción de la conquista como un acto de hermandad o de Cortés como padre de lo mexicano, que Ayuso y los suyos pregonan, es prácticamente inexistente en México.

De ahí que resulte no solo asombroso, sino casi clínicamente incomprensible, que la derecha mexicana, de por sí políticamente disminuida y con serios problemas para volverse relevante, haya cometido la torpeza de abrazar una agenda que la margina todavía más. Que la asocia, a ojos del mexicano promedio, con un villano y su legado de muerte.

Peor aún, en lo que solo puede calificarse como un acto de harakiri político, el homenaje de Ayuso a Cortés fue realizado en la alcaldía Cuauhtémoc, un territorio de la Ciudad de México nombrado en honor al último tlatoani del Imperio Mexica que fue torturado y asesinado por órdenes del mismo Cortés. Escapa a la lógica ordinaria el comprender por qué la derecha mexicana pensó que esto sería una buena idea.

Las razones ya no pueden encontrarse en el cálculo político, sino en lo que el psiquiatra y filósofo político Frantz Fanon llama la epidermización de la inferioridad. Tal parece que la derecha mexicana ha interiorizado el mensaje de Ayuso –ese que trata a México como un país inferior, incivilizado e incapaz de haber creado su propia historia– no solo como una idea abstracta y externa, sino como parte esencial de su identidad.

La alienación cultural de la derecha mexicana es de manual. El Congreso estatal de Aguascalientes, único Estado mexicano donde ganó la candidata de derecha en la elección presidencial del 2024, le dio a Ayuso las llaves de la ciudad y una medalla por, entre otras cosas, su contribución a “la identidad cultural”. Un ejemplo prístino de la escisión entre el colonizado y su propia cultura. Y un deseo triste, casi patológico, por ser reconocido por el colonizador con la finalidad última de sacudirse la vergüenza del retraso y lo primitivo con el que se asocia a sí mismo.

Cuatro gobernadores de derecha mexicanos, cada uno responsible de comunidades múltiples veces más pobladas que Madrid, interrumpieron sus agendas públicas para tomarse una foto, sonrientes, junto a Ayuso. El colonizado tratando de ser reconocido por el colonizador.

Para ser francos, el mexicano promedio no sabe quién es Ayuso. Solo vio a sus gobernadores con una señora que les es ajena y que proclama que México se debe escribir con jota. Las burlas fueron inevitables y fulminantes.

Ayuso vino a México para excitar a su base española y destruyó con todo lo mexicano que tocó a su paso. Incluyendo a sus propios aliados.

Lo peor es que, apenas unos días antes de su llegada, la derecha mexicana estaba cosechando uno de sus pocos éxitos mediáticos en ocho años: la solicitud de detención provisional por parte de Estados Unidos de un gobernador de izquierda bajo cargos de narcotráfico. El ciclo mediático les sonreía como pocas veces, con una buena parte de la opinión pública respaldando la idea de que el gobernador era muy probablemente culpable.

Ayuso destruyó incluso ese momento. Desplazó la conversación, al menos en parte, hacia las protestas por su visita, la insensibilidad patológica de sus aliados y las declaraciones desastrosas de sus acompañantes como Nacho Cano, exintegrante de Mecano, quien aseguró que, así como sin Cristo no habría cristianismo, sin Cortés no habría México.

Cual un ensayo de colonización contemporánea, el tour de Ayuso por el México que tanto desdeña le ofrece algo muy puntual al conservadurismo español, pero casi nada al mexicano.

Ayuso azuza el recuerdo de un pasado imperial glorioso, reivindica la “España Grande” y la hispanidad, al tiempo en que deja a la derecha mexicana en escombros, arropando lo indefendible e incapaz de siquiera entender por qué, otra vez, volvieron a alejarse de su electorado.

Pobre oposición mexicana, tan cerca de Ayuso y tan lejos de su gente.


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