Claudia Sheinbaum se sube al ring

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes tras un operativo del Ejército en Jalisco ha reactivado el debate sobre la estrategia de seguridad en México, pero en Guadalajara también se habla de otros símbolos de éxito y movilidad social. Uno de ellos es Saúl Álvarez, quien en entrevista reciente relató cómo la disciplina del box le permitió pasar de orígenes humildes a convertirse en figura global y referente deportivo.
En el gimnasio, explicó el campeón, la victoria no depende únicamente de golpear primero, sino de entender los tiempos del combate: cuándo avanzar, cuándo defender y cuándo amarrar para recuperar fuerzas. Esa lógica, dijo, es aplicable a la vida y a los negocios, donde la estrategia y la mentalidad pesan tanto como el talento. El paralelismo con la situación del país resulta inevitable para algunos analistas que observan la lucha contra el crimen organizado como un proceso de largo plazo.
El contexto de violencia que rodeó la operación en Tapalpa ha generado alertas en diversas regiones y expectativas sobre posibles repuntes de inseguridad. El Estado apuesta por demostrar capacidad operativa, mientras especialistas advierten que la fragmentación de estructuras criminales puede derivar en conflictos locales. En este escenario, la narrativa política también se disputa: las autoridades buscan controlar la información y evitar que el miedo se convierta en motor de inestabilidad.
Durante años, la estrategia de seguridad osciló entre contención y confrontación. El enfoque de “abrazos, no balazos” buscó reducir la violencia directa, pero críticos señalan que las redes criminales se adaptaron y diversificaron. Hoy, con operaciones más visibles, el gobierno de Claudia Sheinbaum intenta equilibrar soberanía y eficacia, aunque la violencia —sistémica según diversos expertos— sigue siendo un desafío estructural.
Así como en el box el combate se decide por resistencia y estrategia, en la política de seguridad el resultado dependerá de la constancia y la capacidad de adaptación. Mientras figuras como Ismael Zambada García permanecen en el imaginario del narcotráfico y las instituciones intentan redefinir su papel, el país observa el desarrollo de un nuevo round. El desenlace, como en el deporte, no se conocerá de inmediato; la campana apenas ha sonado.


