Ante conflicto en la UNAM, necesitamos un examen como el SAT de EU

La reciente polémica en torno al examen de admisión de la UNAM dejó una lección importante. El problema no es única ni principalmente la inteligencia artificial. El verdadero problema es haber intentado aplicar un examen de alta importancia en un entorno que la universidad no puede controlar. Hoy cualquier estudiante puede tener en casa una segunda computadora, un teléfono oculto, una pequeña cámara apuntando a la pantalla o un asistente basado en inteligencia artificial. Ningún sistema de vigilancia remota puede garantizar que esos recursos no existan. Cada nueva medida de seguridad genera una nueva forma de evadirla. Es una carrera tecnológica que difícilmente se puede ganar.
En lugar de persistir en esa competencia, conviene preguntarse por qué otros países no dependen exclusivamente de la vigilancia con IA para sus exámenes más importantes.
En Estados Unidos, millones de estudiantes presentan cada año el SAT (que originalmente era el Examen de Aptitud Escolar), una prueba utilizada por alrededor de seis mil universidades y colegios. En EU no se pretende que cada universidad desarrolle su propio examen de conocimientos. El SAT es una evaluación común, administrada por una organización independiente, que cada institución utiliza de acuerdo con sus propios criterios. Una universidad puede exigir un puntaje muy alto; otra puede combinar el resultado con el promedio de preparatoria, entrevistas o ensayos. La autonomía universitaria no desaparece por compartir un instrumento de evaluación.
El modelo tiene otra ventaja importante: reduce costos. Desarrollar un examen confiable requiere expertos en las disciplinas evaluadas, psicólogos y especialistas en evaluación educativa, ingenieros de software, especialistas en seguridad informática y una infraestructura tecnológica compleja. Si cada universidad aplica su propio examen, todos esos costos se multiplican innecesariamente. Cuando miles de instituciones comparten un mismo sistema, el costo por universidad disminuye considerablemente y además es posible invertir mucho más en calidad psicométrica y ciberseguridad.
En realidad, México ya tiene el embrión de un SAT nacional: el EXANI-II del CENEVAL. El CENEVAL aplica desde hace años el EXANI-II, utilizado por numerosas universidades públicas y privadas. Sin embargo, la aplicación sigue concentrándose en determinadas fechas y en salones de las universidades que lo solicitan, precisamente donde el control del entorno resulta más difícil.
Quizá sea momento de dar el siguiente paso.
En lugar de duplicar los experimentos con exámenes remotos, México podría establecer una red permanente de centros de evaluación, distribuidos por todo el país, semejante a la que se utiliza para el SAT, y exámenes similares como el GRE, el GMAT y muchas certificaciones profesionales en todo el mundo. El examen estaría disponible durante varios meses del año. El aspirante elegiría la ciudad y la fecha más conveniente. Las computadoras serían proporcionadas por el centro, estarían protegidas contra accesos externos y el salón sería supervisado por humanos, apoyados por cámaras e inteligencia artificial para documentar incidentes y facilitar auditorías posteriores.
La supervisión presencial reduce considerablemente las posibilidades de fraude. La inteligencia artificial seguiría siendo útil, pero en el papel correcto: ayudar a detectar irregularidades y revisar casos sospechosos, no para sustituir la vigilancia presencial.



